-Oficial, yo necesito que
se tranquilice y me escuche. Por favor. Le repito que no sé lo que pasó.
Nosotros veníamos tranquilos, conversando sobre la familia, lo que había pasado
en el cumpleaños, la nueva novia de mi hermano, esas cosas. Siempre agarramos
por la rambla, no porque sea más corto sino por costumbre nomás, porque me
gusta manejar por la rambla. Cuando pasamos el puente del Arroyo Carrasco, el
que está sobre la rambla mismo, la vimos. Fue a esa altura, frente a la Escuela
Naval.
La oficial de policía
volvió a acomodarse su enorme moño debajo de la gorra, y sin levantar la vista
de su libreta, conminó:
-Continúe.
-Bueno. Eso, que ahí la
vimos. Los dos al mismo tiempo. Una mujer vestida de blanco, descalza, cabello
largo. Parecía perdida, como que caminaba sin rumbo. No sé. La cuestión es que
mi mujer no tuvo mejor idea que preguntarle si precisaba algo, si estaba bien.
Ahí fue que le ofreció subirse a la caja y que la arrimábamos.
- Siga, caballero.
-Nada, eso. Por eso
terminamos acá. Yo paré la camioneta ahí donde la ve, al lado del lago.
Aproveché la oscuridad para orinar atrás de un árbol mientras ellas
conversaban, y cuando volví ya no estaban. Las busqué un rato, la llamé a mi
mujer, volví a la camioneta, y nada. Obviamente cuando ya estaba por darme un
ataque decidí llamar a la policía y ahí fue donde apareció usted, justito. Cosa
que agradezco, aprovecho a decirle. Este parque oscuro, de noche, debe ser
bastante inseguro. Me alegra que la policía tenga personal que ronde. Uno se
siente más seguro. Pero bueno, oficial, ya le digo que no tengo idea de dónde
se metió. Y, con todo respeto, usted tendría que estar ayudándome a buscarla y
no interrogándome.
-Por favor, caballero.
Guarde silencio y haga lo que le digo. Suba a su camioneta, vaya a su domicilio
y espere que yo personalmente me voy a encargar de todo. Tenga la certeza de
que conozco el parque como la palma de mi mano. Lo he caminado para arriba y
para abajo, de norte a sur y de este a oeste, todas las noches desde que tengo
uso de razón. A veces extiendo un poco más mis rondas, incluso, cuando es
necesario. Vaya tranquilo.
La oficial guardó su
libreta y su birome en el bolsillo superior izquierdo de la camisa, dando por
terminada la conversación. Se volvió a acomodar el pelo bajo la gorra, una vez
más. Su mirada penetrante, sin brillo, no dejaba adivinar ninguna intención ni
pensamiento. Pero era disuasiva, sin dudas.
Estaba desesperado, había
buscado a su esposa por horas en ese parque oscuro, y ahora le decían que tenía
que irse a esperar.
Pero la mirada de la
policía no dejaba espacio para discutir. Hasta miedo le había dado.
Así
que el hombre no tuvo más remedio, cansado y resignado como estaba, que
obedecer.
Caminó
despacio, pensando en que en toda la conversación la mujer de policía sólo había
levantado la vista una
vez. Una mirada que le pareció hueca, sin vida, pensó.
Siguió pensando eso
mientras encendía el motor, se ajustaba el cinturón, y prendía las luces.
Enfiló por el camino de
salida, y miró por costumbre por el espejo retrovisor. Alcanzó a ver cómo la
oficial de policía se soltaba finalmente el pelo, que le pareció larguísimo.
Le pareció ver que se
sacaba la chaqueta del uniforme también, y que estaba vestida de blanco por
abajo. Pero dudó. Estaba muy lejos ya, y las sombras del Parque Rivera se
encargaron de ocultarle la verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deje aquí su comentario. Gracias