domingo, 14 de diciembre de 2025

DESAPARICIÓN

 

-Oficial, yo necesito que se tranquilice y me escuche. Por favor. Le repito que no sé lo que pasó. Nosotros veníamos tranquilos, conversando sobre la familia, lo que había pasado en el cumpleaños, la nueva novia de mi hermano, esas cosas. Siempre agarramos por la rambla, no porque sea más corto sino por costumbre nomás, porque me gusta manejar por la rambla. Cuando pasamos el puente del Arroyo Carrasco, el que está sobre la rambla mismo, la vimos. Fue a esa altura, frente a la Escuela Naval.

La oficial de policía volvió a acomodarse su enorme moño debajo de la gorra, y sin levantar la vista de su libreta, conminó:

-Continúe.

-Bueno. Eso, que ahí la vimos. Los dos al mismo tiempo. Una mujer vestida de blanco, descalza, cabello largo. Parecía perdida, como que caminaba sin rumbo. No sé. La cuestión es que mi mujer no tuvo mejor idea que preguntarle si precisaba algo, si estaba bien. Ahí fue que le ofreció subirse a la caja y que la arrimábamos.

- Siga, caballero.

-Nada, eso. Por eso terminamos acá. Yo paré la camioneta ahí donde la ve, al lado del lago. Aproveché la oscuridad para orinar atrás de un árbol mientras ellas conversaban, y cuando volví ya no estaban. Las busqué un rato, la llamé a mi mujer, volví a la camioneta, y nada. Obviamente cuando ya estaba por darme un ataque decidí llamar a la policía y ahí fue donde apareció usted, justito. Cosa que agradezco, aprovecho a decirle. Este parque oscuro, de noche, debe ser bastante inseguro. Me alegra que la policía tenga personal que ronde. Uno se siente más seguro. Pero bueno, oficial, ya le digo que no tengo idea de dónde se metió. Y, con todo respeto, usted tendría que estar ayudándome a buscarla y no interrogándome.

-Por favor, caballero. Guarde silencio y haga lo que le digo. Suba a su camioneta, vaya a su domicilio y espere que yo personalmente me voy a encargar de todo. Tenga la certeza de que conozco el parque como la palma de mi mano. Lo he caminado para arriba y para abajo, de norte a sur y de este a oeste, todas las noches desde que tengo uso de razón. A veces extiendo un poco más mis rondas, incluso, cuando es necesario. Vaya tranquilo.

La oficial guardó su libreta y su birome en el bolsillo superior izquierdo de la camisa, dando por terminada la conversación. Se volvió a acomodar el pelo bajo la gorra, una vez más. Su mirada penetrante, sin brillo, no dejaba adivinar ninguna intención ni pensamiento. Pero era disuasiva, sin dudas.

Estaba desesperado, había buscado a su esposa por horas en ese parque oscuro, y ahora le decían que tenía que irse a esperar.

Pero la mirada de la policía no dejaba espacio para discutir. Hasta miedo le había dado.

Así que el hombre no tuvo más remedio, cansado y resignado como estaba, que obedecer.

Caminó despacio, pensando en que en toda la conversación la mujer de policía sólo había

levantado la vista una vez. Una mirada que le pareció hueca, sin vida, pensó.

Siguió pensando eso mientras encendía el motor, se ajustaba el cinturón, y prendía las luces.

Enfiló por el camino de salida, y miró por costumbre por el espejo retrovisor. Alcanzó a ver cómo la oficial de policía se soltaba finalmente el pelo, que le pareció larguísimo.

Le pareció ver que se sacaba la chaqueta del uniforme también, y que estaba vestida de blanco por abajo. Pero dudó. Estaba muy lejos ya, y las sombras del Parque Rivera se encargaron de ocultarle la verdad.

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