martes, 23 de diciembre de 2025

EL DIA EN QUE MATÉ A UNA VIEJA

Mi nombre es Leonardo, y un día maté a una vieja. No fue mi culpa, sino del destino. Fue sin querer.

Yo me estaba bañando porque tenía una cita a la que quería ir bien bonito, afeitado y perfumado. Pero se me hacía tarde, como siempre que me quedo dando vueltas y vueltas, como una barboleta. Es que me ponen muy ansioso las citas. ¿Qué le voy a hacer?

Pero esa vez la culpa fue de mi hermano Beto, que no salía nunca más del baño. Vivíamos juntos, y su actividad favorita era molestarme. Yo creo que lo hacía de gusto. Cuanto más apurado estaba yo, más demoraba él en el baño. Odiaba eso. Lo odiaba a él. 

Vivíamos en pleno centro, en una calle muy transitada, en el tercer piso de un edificio antiguo, revestido de ladrillos, justo en una esquina. Abajo había algunos locales comerciales, que pertenecían al mismo edificio; una ferretería, una carnicería y una peluquería.

Ese día, como decía, yo estaba super apurado, además de ansioso y nervioso por mi cita. Cuando el pesado de mi hermano finalmente se decidió a salir, entré corriendo al baño. Me acuerdo como si fuera hoy. Un día de mucho calor. Creo que era enero, o febrero. No, era enero. Me acuerdo porque yo estaba de licencia.

Entré corriendo al baño, me enjaboné, y mientras cerraba los ojos tarareaba Like a Virgin, mi canción favorita por ese entonces. Madonna era mi ídola absoluta. El agua corría por mi cuerpo, yo iba aflojando tensiones, ojos cerrados, Madonna, ¡¡qué lindo!!

 Cuando quise acordar, se me estaba terminando el agua. Al instante me convencí de que mi hermano había abierto la canilla de la cocina, sólo para molestarme.  Abrí los ojos y no se veía nada adentro de ese baño. No alcanzaba ni a verme las manos. Me saqué el jabón de los ojos como pude y empujé con todas mis fuerzas la banderola, para que se fuera un poco el vapor por lo menos. Era la solución más rápida, porque ir hasta la puerta y abrirla podía significar un resbalón, y no iba a arriesgarme a eso.

La banderola no sólo estaba cerrada. Estaba trancada. Y yo no lo sabía. Entonces empujé una vez, dos veces, tres veces, y la banderola voló por los aires, con marco y todo.

La sentí volar, la visualicé, la intuí. ¡Tres pisos son como diez metros! -calculé. 

Instantes después, que parecieron eternos, escuché un ruido sordo. Detrás de mí, la roseta de la ducha goteaba rítmicamente. El tiempo se detuvo. Mi respiración también.

¡¡¡Maté una vieja!!! ¿Qué hago ahora? ¿Y mi cita? ¿Cómo arreglo esto? - me preguntaba mientras me envolvía rápidamente en la primera toalla que agarré. 

Si llega la policía, por lo menos que me encuentre vestido-pensé.

Las lágrimas se mezclaban con el agua y el jabón. Yo temblaba mientras me aprestaba a bajar las escaleras semidesnudo. Por suerte demoré en encontrar las llaves, esperando escuchar las sirenas y los gritos en cualquier momento. 

Pero no. Y eso fue lo que me llamó la atención: el silencio. No había gritos, ni sirenas, ni llantos, nada. 

Acerqué el banquito de la abuela al baño, y muy despacito comencé a asomarme, agarrado de los bordes del agujero donde antes estaba la banderola. 

Lo que vi me dejó sin habla. La vida seguía allá abajo. No había ambulancias, ni policías, ni curiosos. Sólo el cartel de la ferretería en la vereda. Y unos metros más arriba, descansando sobre el toldo de la carnicería, la banderola del baño, intacta.

En ese mismo instante tomé tres decisiones que cambiarían mi vida para siempre. Cancelé la cita, llamé a un albañil para que recolocara la banderola, y dejé de escuchar a Madonna. Yo creo que me trae mala suerte.


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