martes, 23 de diciembre de 2025

EL DIA EN QUE MATÉ A UNA VIEJA

Mi nombre es Leonardo, y un día maté a una vieja. No fue mi culpa, sino del destino. Fue sin querer.

Yo me estaba bañando porque tenía una cita a la que quería ir bien bonito, afeitado y perfumado. Pero se me hacía tarde, como siempre que me quedo dando vueltas y vueltas, como una barboleta. Es que me ponen muy ansioso las citas. ¿Qué le voy a hacer?

Pero esa vez la culpa fue de mi hermano Beto, que no salía nunca más del baño. Vivíamos juntos, y su actividad favorita era molestarme. Yo creo que lo hacía de gusto. Cuanto más apurado estaba yo, más demoraba él en el baño. Odiaba eso. Lo odiaba a él. 

Vivíamos en pleno centro, en una calle muy transitada, en el tercer piso de un edificio antiguo, revestido de ladrillos, justo en una esquina. Abajo había algunos locales comerciales, que pertenecían al mismo edificio; una ferretería, una carnicería y una peluquería.

Ese día, como decía, yo estaba super apurado, además de ansioso y nervioso por mi cita. Cuando el pesado de mi hermano finalmente se decidió a salir, entré corriendo al baño. Me acuerdo como si fuera hoy. Un día de mucho calor. Creo que era enero, o febrero. No, era enero. Me acuerdo porque yo estaba de licencia.

Entré corriendo al baño, me enjaboné, y mientras cerraba los ojos tarareaba Like a Virgin, mi canción favorita por ese entonces. Madonna era mi ídola absoluta. El agua corría por mi cuerpo, yo iba aflojando tensiones, ojos cerrados, Madonna, ¡¡qué lindo!!

 Cuando quise acordar, se me estaba terminando el agua. Al instante me convencí de que mi hermano había abierto la canilla de la cocina, sólo para molestarme.  Abrí los ojos y no se veía nada adentro de ese baño. No alcanzaba ni a verme las manos. Me saqué el jabón de los ojos como pude y empujé con todas mis fuerzas la banderola, para que se fuera un poco el vapor por lo menos. Era la solución más rápida, porque ir hasta la puerta y abrirla podía significar un resbalón, y no iba a arriesgarme a eso.

La banderola no sólo estaba cerrada. Estaba trancada. Y yo no lo sabía. Entonces empujé una vez, dos veces, tres veces, y la banderola voló por los aires, con marco y todo.

La sentí volar, la visualicé, la intuí. ¡Tres pisos son como diez metros! -calculé. 

Instantes después, que parecieron eternos, escuché un ruido sordo. Detrás de mí, la roseta de la ducha goteaba rítmicamente. El tiempo se detuvo. Mi respiración también.

¡¡¡Maté una vieja!!! ¿Qué hago ahora? ¿Y mi cita? ¿Cómo arreglo esto? - me preguntaba mientras me envolvía rápidamente en la primera toalla que agarré. 

Si llega la policía, por lo menos que me encuentre vestido-pensé.

Las lágrimas se mezclaban con el agua y el jabón. Yo temblaba mientras me aprestaba a bajar las escaleras semidesnudo. Por suerte demoré en encontrar las llaves, esperando escuchar las sirenas y los gritos en cualquier momento. 

Pero no. Y eso fue lo que me llamó la atención: el silencio. No había gritos, ni sirenas, ni llantos, nada. 

Acerqué el banquito de la abuela al baño, y muy despacito comencé a asomarme, agarrado de los bordes del agujero donde antes estaba la banderola. 

Lo que vi me dejó sin habla. La vida seguía allá abajo. No había ambulancias, ni policías, ni curiosos. Sólo el cartel de la ferretería en la vereda. Y unos metros más arriba, descansando sobre el toldo de la carnicería, la banderola del baño, intacta.

En ese mismo instante tomé tres decisiones que cambiarían mi vida para siempre. Cancelé la cita, llamé a un albañil para que recolocara la banderola, y dejé de escuchar a Madonna. Yo creo que me trae mala suerte.


domingo, 14 de diciembre de 2025

MENSAJERÍA LA ESPERANZA

 

Mensajería La Esperanza

 

 Nora Andrade no sabe muy bien por qué sigue todavía trabajando en la agencia de mensajería. Tal vez sea porque está enamorada secretamente de Alejandro, el informático. En realidad, ella piensa que secretamente, aunque toda la agencia lo sospecha. Y Alejandro tiene la absoluta certeza.

Tal vez sea porque, después de todo, su puesto de repartidora no está tan mal. Le permite estar todo el día en la calle en su moto, a la que adora y con la que tiene una relación amistosa, confidente, intima. La lava, la encera, la cuida más de lo que nadie la cuidó a ella misma, nunca.

El salario de la mensajería no es gran cosa, pero Nora se aferra a él, con la esperanza de poder cumplir su sueño de viajar y conocer otros países. Aún no tiene los medios suficientes, pero ya llegará el momento.

Mientras tanto anda en la calle, conoce gente y hace contactos, lo que le permitió entre otras cosas hacerse pasar por periodista y hasta conseguir un carné falso con el que de vez en cuando entra gratis a un museo o algún espectáculo musical.

Aunque en realidad lo que a Nora le encantaría es haber sido periodista de verdad, si hubiera podido. Se encargaría de los anuncios de las inmobiliarias, con esas impresionantes descripciones de los apartamentos y casas, rebuscadas, exageradas, casi poéticas.

Eso, y las necrológicas, que eran su pasión. Le encantaría escribir extensas notas que hablaran sobre las bondades del difunto, con detalles de vida y obra, exaltando virtudes y minimizando defectos. Eso sería un verdadero salto en su vida, pensaba.

Fue un tórrido día de verano, de esos en los que apenas se puede respirar, que tuvo una idea. Estaba en pleno reparto, cuando la sintió aparecer, crecer y hacer fuerza para manifestarse. Así eran sus ideas.

Torció ligeramente a la derecha, y se dirigió a la plaza, frente a la cual estaba la funeraria del pueblo. Tenía un plan perfecto para dar el primer paso en lo que sería su nueva vida. El mundo iba a conocer a Nora Andrade, ya iban a ver.

Estacionó en el sector reservado a las motos, sacó un chocolate de los que solía llevar en la cartera, se acomodó su estrecha falda de cuero negro, a tono con sus botas altas, se alisó su melena, y acariciando la moto se dirigió a paso firme a la Funeraria El Descanso.

-Ya vuelvo, mi amor-le dijo- Espérame acá, voy a conquistar el mundo.

Entró a paso firme a la oficina, donde una aburrida funcionaria se abanicaba frenética.

-Buenos días, vengo a redactar un aviso fúnebre. Ustedes se encargan de eso ¿verdad?

-Buen día señorita, efectivamente. Se publica en el Diario Oficial y en un diario de circulación masiva.

-Bien, escriba entonces lo que le voy a dictar: Con profundo pesar comunicamos la lamentable desaparición física de quien fuera una de las más eminentes letras del departamento, la destacada periodista Nora Andrade. Su esposo Alejandro, sus numerosos lectores, y el mundo de las letras y el periodismo pierden a una de las más influyentes plumas de nuestro tiempo.

-Bien, ¿algo más?

-Si, hágalo llegar a todos los diarios que circulen por acá. Y mande un cadete a esta dirección, por favor. Muchas gracias.

Salió rumbo a la plaza, a acariciar el espejo de la moto mientras pensaba en voz alta que creamos lo que creemos. Si era verdad eso que decían, sólo era cuestión de esperar. No importaba que hubiera un desfasaje en el tiempo y el espacio. Algún día iba a morir, de eso no tenía duda. ¿Y quien mejor que ella misma para redactar su necrológica? Sus padres la habían abandonado en la puerta de la iglesia antes de cumplir un mes. No tenía pareja, ni hijos, ni nada que la atara. Sólo Alejandro, que algún día se daría por enterado y se casaría con ella. Pero había tiempo para eso. Ahora tenía que llenar el tanque, armar una mochila y salir a la ruta.

-Nadie es famoso en su tierra, y menos antes de morir - pensó.

 

 

O SENHOR EDSON

Lo conocí en una Unidad de Pronto Atendimento, a la que había ido a hacerse unos exámenes de rutina. Estaban a punto de diagnosticarle un cáncer de pulmón, aunque él aún no lo sabía. 

 Flaco, encorvado y elegante, pantalón de lino, camisa del mismo material, sombrero al tono, y mirada de quien ya lo ha visto todo y está cansado. Miraba jugar a una niña en brazos de su madre, y parecía que sus ojos sonreían, apenas.

 Edson Silva Dos Santos era el único hijo del Dr. Severino Dos Santos y de Doña Clovinda Silva y, como tal, heredero de la fortuna de su padre, acaudalado médico de Sao Paulo y relacionado siempre con el poder de turno. 

 De todos modos, nunca heredaría esa cuantiosa fortuna, ya que había sido desheredado por su padre el día que huyó de su casa y de un futuro predecible, exitoso y aburrido. 

 Tenía 18 años cuando se subió a aquel fusca pintado con flores de colores, y símbolos hippies. No iba sólo. Viajaban con él la música de Jorge Ben Jor y Raúl Seixas, la psicodelia, su guitarra, algo de maconha, y Angela, una morena que le sacaba varios años de vida y experiencia.

 Edson era joven, impetuoso e inconformista. Fue mochilero por la BR101, artesano en Florianópolis, artista plástico en Rio, aspirante a escritor en Jericoacoara, y carnavalero en Olinda, entre otros oficios poco ortodoxos.

 Nunca volvió a ver a sus padres, y nunca se arrepintió de haberse ido porque, aseguró, no hay crecimiento sin culpa.

 Nos hicimos amigos, si es que se les puede decir así a quienes comparten algunas palabras y muchas copas en los bares de Recife.

 Yo hacía muchas preguntas, tal vez por mi antiguo oficio de periodista, y él hablaba poco. Solía mirar por encima del vaso, terminar su trago, apoyar solemnemente el vaso en la mesa y contestar con monosílabos.

Nunca lo vi enojado. Aceptaba con estoica calma todo lo que sucedía a su alrededor. La demora del mozo, la demora de los resultados de sus análisis, la lluvia, el paso del tiempo.

 Una vez, bastante borrachos ambos, me confesó que andaba por ahí una hija suya, quién sabe dónde. Y me miró con los ojos inundados.

-A saudade dói, ¿viu?

 

-Eu sei, amigão. Eu sei.

 

Y los dos miramos para otro lado, porque cualquiera sabe que los hombres no lloran.

Él fue el primero en romper el silencio, al cabo de un buen rato.

-Tuve una hija, hace mucho tiempo, ¿sabe? Había conocido a una gringa en Florianópolis, una vez que fuimos a tocar unas músicas con unos amigos, a Santo Antonio. Ella era holandesa, flaca, alta, inteligente, bohemia y artista. Nos conocimos, nos apasionamos, y fuimos bastante felices, ¿sabe? Pero la aventura terminó al poco tiempo, por cosas de la vida. Y al poco tiempo conseguí un contrato con la banda para tocar en Ilha Grande, a través de un antiguo amigo de mi padre. Cuando me fui a despedir, me dijo que estaba embarazada. Recién ahí, amigo, cuando estaba por irme. Me estaba yendo, ya. ¿Puede creer? Estaba de cinco meses, y no fue capaz de decirme antes… Yo hubiera hecho algo, no sé. Me hubiera quedado, tal vez. Podría haber conseguido trabajo, capaz. Está bien que las cosas entre nosotros se hayan terminado, ¡pero era una hija! ¡Me tendría que haber avisado antes!

 

Edson hizo una pausa, armó un tabaco y le dio otro sorbo al vaso antes de continuar…

 

-Mucho tiempo después, pasé por Floripa, ¿sabe? Me arrimé a Santo Antonio con la esperanza y el miedo de ver qué había acontecido. Ahí fue cuando me enteré que había nacido una niña, a la que le habían puesto de nombre Vitoria, y que había vuelto a Holanda con ella. Nadie supo decirme más nada. Ni cómo encontrarla, ni dónde, ni si había dejado algún teléfono o alguna dirección, o algo. Nada. Había desaparecido, y mi esperanza de conocer a mi hija había desaparecido con ella… Hasta el día de hoy. ¿sabe amigo? Hasta el día de hoy cada vez que veo una menina, no puedo dejar de pensar en ella. Y eso que he seguido viviendo, ¿eh? He recorrido medio Brasil, he hecho de todo, pero no he podido olvidarme de esa niña a la que nunca conocí. A veces pienso que es el castigo por haber abandonado yo mismo a mis padres, por no haber vuelto nunca más a São Paulo, por haberlos dejado solos, pensando todo el tiempo en qué habría sido de mí. Así como me siento yo todos los días de mi vida se deben haber sentido mis padres ¿no cree?

 

Yo, que solía poner cara de inteligente y hacer preguntas difíciles en mi época de periodista, no supe qué decir. Sólo atiné a mirar para afuera, donde la lluvia de agosto seguía lavando la vereda, la calle, las plazas, llevándose consigo historias de abandono, de tristezas, de soledades. 

 

- ¿Você que acha, amigo? - Esta vez el interrogado era yo- ¿Será que uno puede olvidarse?

 

-Ojalá, amigo, ojalá - pensé yo mirando la calle.

 

Llovía afuera, y la lluvia no se llevaba nada de lo que hubiéramos querido que se llevara.

 

-A veces - continuó - pienso que ella debe querer verme, conocerme, ponerle un rostro al concepto de padre. Me imagino que me escribe cartas en secreto y las guarda a escondidas de su madre. Imagino que me necesita, que le gustaría que yo hubiera estado más cerca durante su niñez, su adolescencia…

 

-Debe ser un virus que tenemos los padres -bromeé. Yo pienso lo mismo de mis hijos. Pero ellos no nos necesitan, amigo. Ya crecieron. Y piensan que las ramas nuevas no necesitan de las raíces. 

 

-Pois é… Mais a mi me gusta pensar eso. Me hace sentir querido. Aunque ya debe ser una mujer grande, ¿né? Ya debo tener hasta nietos por allá por Europa. ¿Quién sabe?

 

 Un buen rato estuvimos mirando llover, en silencio, cada uno en sus pensamientos, hasta que por fin me animé a preguntar.

 

- ¿Y? ¿Qué dicen los médicos? de su problemita, digo. ¿Qué le dijeron? ¿Qué le van a hacer?

 

-Nada

 

-Cómo nada? Algo habrá que hacer, ¿no?

 

-Mire, amigo. No me van a hacer nada porque yo no quiero. Ya no estoy para que anden jugando conmigo. Si me llegó la hora, me iré tranquilo, ¿viu? No me arrepiento de nada. Hice lo que hice y viví como quise. Y, por suerte, no lastimé a nadie en el camino. Así que me voy a ir como yo quiero. Tranquilo, en casa, cuando me llegue el momento.

 

-Pero hay alternativas ahora. Hay mucha cosa nueva, mucha tecnología, mucha cosa. ¿No?

 

-Mire, estoy viejo y cansado. Ni sé si tengo ganas.

 

Seu Edson miró su vaso, miró la lluvia, y guardó silencio. 

Por fin continuó, luego de vaciado el vaso y pedido el siguiente, que llegó al instante.

- ¿Sabe qué es lo que más duele? - preguntó sin mirarme.

- ¿Del cuerpo? ¿Le duele mucho? - aventuré inocentemente.

-No. Este es sólo el envase - aclaró señalándose el pecho- Le hablo del alma, esa es la que duele. Duele no sentirse querido, sobre todo. Pero, ¿sabe lo qué más duele? Pensar que esta gurisa está creciendo, o creció, ¡bah!, sin padre. ¿Cómo será no conocer a tu padre, no hablar con él, que no te lleve al parque?

- ¿Triste?

-Mucho más que triste. Debe ser como morirse de a poco, mi amigo. Como de a poco se habrán muerto de tristeza mis padres, como de a poco me voy muriendo yo, sin haber visto crecer a mi hija. Duele pa’ caramba estar separado de un hijo, mi amigo. Yo no sabía que dolía tanto. En serio le digo. Para eso, más vale morirse todo junto, de una vez y para siempre.

 

DESAPARICIÓN

 

-Oficial, yo necesito que se tranquilice y me escuche. Por favor. Le repito que no sé lo que pasó. Nosotros veníamos tranquilos, conversando sobre la familia, lo que había pasado en el cumpleaños, la nueva novia de mi hermano, esas cosas. Siempre agarramos por la rambla, no porque sea más corto sino por costumbre nomás, porque me gusta manejar por la rambla. Cuando pasamos el puente del Arroyo Carrasco, el que está sobre la rambla mismo, la vimos. Fue a esa altura, frente a la Escuela Naval.

La oficial de policía volvió a acomodarse su enorme moño debajo de la gorra, y sin levantar la vista de su libreta, conminó:

-Continúe.

-Bueno. Eso, que ahí la vimos. Los dos al mismo tiempo. Una mujer vestida de blanco, descalza, cabello largo. Parecía perdida, como que caminaba sin rumbo. No sé. La cuestión es que mi mujer no tuvo mejor idea que preguntarle si precisaba algo, si estaba bien. Ahí fue que le ofreció subirse a la caja y que la arrimábamos.

- Siga, caballero.

-Nada, eso. Por eso terminamos acá. Yo paré la camioneta ahí donde la ve, al lado del lago. Aproveché la oscuridad para orinar atrás de un árbol mientras ellas conversaban, y cuando volví ya no estaban. Las busqué un rato, la llamé a mi mujer, volví a la camioneta, y nada. Obviamente cuando ya estaba por darme un ataque decidí llamar a la policía y ahí fue donde apareció usted, justito. Cosa que agradezco, aprovecho a decirle. Este parque oscuro, de noche, debe ser bastante inseguro. Me alegra que la policía tenga personal que ronde. Uno se siente más seguro. Pero bueno, oficial, ya le digo que no tengo idea de dónde se metió. Y, con todo respeto, usted tendría que estar ayudándome a buscarla y no interrogándome.

-Por favor, caballero. Guarde silencio y haga lo que le digo. Suba a su camioneta, vaya a su domicilio y espere que yo personalmente me voy a encargar de todo. Tenga la certeza de que conozco el parque como la palma de mi mano. Lo he caminado para arriba y para abajo, de norte a sur y de este a oeste, todas las noches desde que tengo uso de razón. A veces extiendo un poco más mis rondas, incluso, cuando es necesario. Vaya tranquilo.

La oficial guardó su libreta y su birome en el bolsillo superior izquierdo de la camisa, dando por terminada la conversación. Se volvió a acomodar el pelo bajo la gorra, una vez más. Su mirada penetrante, sin brillo, no dejaba adivinar ninguna intención ni pensamiento. Pero era disuasiva, sin dudas.

Estaba desesperado, había buscado a su esposa por horas en ese parque oscuro, y ahora le decían que tenía que irse a esperar.

Pero la mirada de la policía no dejaba espacio para discutir. Hasta miedo le había dado.

Así que el hombre no tuvo más remedio, cansado y resignado como estaba, que obedecer.

Caminó despacio, pensando en que en toda la conversación la mujer de policía sólo había

levantado la vista una vez. Una mirada que le pareció hueca, sin vida, pensó.

Siguió pensando eso mientras encendía el motor, se ajustaba el cinturón, y prendía las luces.

Enfiló por el camino de salida, y miró por costumbre por el espejo retrovisor. Alcanzó a ver cómo la oficial de policía se soltaba finalmente el pelo, que le pareció larguísimo.

Le pareció ver que se sacaba la chaqueta del uniforme también, y que estaba vestida de blanco por abajo. Pero dudó. Estaba muy lejos ya, y las sombras del Parque Rivera se encargaron de ocultarle la verdad.

jueves, 25 de septiembre de 2025

SAUDADE



Ser criança é ser inocente, é ser feliz, e não ter saudade. 

É estar cheio de sonhos, de imaginação, de alegria.

Estar brincando o tempo todo com os coleginhas. De esconde-esconde, de boneca, de pular corda.

 Quando você morava numa casa grande, passava as férias com o seus avós, e seu mundo era um quintal de brinquedos. 

Depois...  a gente se machuca com a realidade de trabalho, problemas, saudades, desejos, mágoas...

Ser adulto então se reduz a ter saudade de ser criança, se acordar cedo, com vontade de brincar. Mas, não pode, não!!..os adultos não brincam, não riem, não choram!

 Mas, as vezes, a gente esquece ter maturado, e brinca, e dança,  e volta a ser uma criança, e a saudade vai embora. 

 E, nesas vezes, a gente acha que a verdadeira sabedoria é voltar a ser criança. ¿Não é?


Julio Perera López

sábado, 30 de agosto de 2025

EL VIAJE DE FELI

 EL VIAJE DE FELI

 Felipe tenía 13 años cuando hizo su primer viaje, lo cual no es mucho ni poco. Era la edad justa para él. Las cosas suelen suceder a la edad justa en que tienen que suceder.

Es cierto que no era la primera vez que salía de su casa, pero era la primera vez que lo hacía tan sólo. El matrimonio de sus padres estaba en crisis, y su padre se había ido algo lejos, sólo, a un rancho en la costa. 

 Por alguna razón que Feli desconocía, tal vez porque le gustaba estar con su padre, pese a las mutuas dificultades de comunicación, o porque era el momento justo de hacerlo, o porque la vida a veces te pasa por arriba, te revuelca como una ola y te deposita en otro lado, apareció allá lejos, en el rancho de su padre, una fría tarde de otoño. Era su primer viaje sólo.

No se puede decir que tenía miedo. Bueno, sí, un poco. Él no era precisamente un niño valiente. Más bien, como todo preadolescente, era tímido y retraído, con algunos miedos, y no muy acostumbrado a que su padre lo dejara sólo y se fuera lejos. 

Pero allá fue, con instrucciones más o menos precisas de dónde bajarse del bus: en el medio de la nada, pasando la carpintería de Mario, donde está el almacén. Ahí lo esperaría su padre.

Subió al ómnibus y se sentó del lado de la ventanilla, en uno de los asientos de adelante, cerca del chofer. Tenía miedo de pasarse, de dormirse, de no saber dónde bajarse, de perderse. 

El trayecto era bastante largo, así que no logró resistir el sueño y se durmió un rato. Cuando despertó, faltaba poco para llegar. O eso le dijo el chofer. No tenía más remedio que confiar, así que se bajó donde le indicaron. Vio alejarse el ómnibus, se sentó al borde de la carretera y esperó. Hacía frio y estaba sólo. 

Al rato apareció su padre. Se había demorado preparando todo para la mañana siguiente, para hacer un paseo que prometía ser una aventura extraordinaria, de esas que Feli soñaba con vivir algún día. Su vida no era demasiado excitante, así que le encantó la idea del paseo sorpresa. 



El día siguiente empezó temprano. Apenas clareaba cuando su padre lo despertó con todo pronto. Desayunó medio dormido, viendo cómo su padre cargaba el kayak, los remos, los chalecos salvavidas, el ancla, la ropa de abrigo bien resguardada en bolsas de nylon dentro de una tarrina, algo de comida, y cuerdas de repuesto.

Se acomodó en el asiento de atrás de la camioneta, y aprovechó para dormir otro ratito mientras llegaban al punto de partida: la naciente de un arroyo, cerca del puente grande. Allí los esperaban otros compañeros de viaje, que él no conocía. Había canoas, otros kayaks, gente, y hasta un perrito pekinés que enseguida empezó a hacerle fiestas. 

Con ayuda de su padre subió al kayak y se sentó en el asiento de adelante, pronto para aprender a remar. Su padre le dio todas las indicaciones, y le dijo que estuviera tranquilo, que siempre, siempre, iba a estar atrás suyo, cuidándolo. Pero, eso sí, él debía remar. Era su responsabilidad avanzar y decidir el rumbo.

 Como era su primer viaje en kayak, empezó con un poco de miedo. No sabía remar muy bien, se sacudía de un lado a otro, se acercaba demasiado a la orilla, se cansaba. Pero cada vez que se daba vuelta y miraba, ahí estaba su padre sentado en el asiento de atrás, no remando, sólo mirándolo y dejando que se equivoque.  Eso lo tranquilizaba.

Las horas fueron pasando, mientras el arroyo atravesaba campos, bañados y pajonales. Muy cerca del momento en que estaba por rendirse, llegó el momento de parar un rato, descansar un poco, comer algo y jugar otro ratito con el perro. Pero aún faltaba lo mejor.

El arroyo desembocaba en una inmensa laguna, junto al mar. La fuerte corriente del océano entraba en la laguna, formando grandes olas que amenazaban con dar vuelta las canoas, inundar los kayaks y mandar al agua a más de uno. 

Había que acercarse a la orilla derecha, del lado del pajonal, remando con fuerza y sin miedo. Así le dijo su padre, mientras remaban ambos con todas sus fuerzas. Se había puesto difícil, la corriente metía miedo, pero darse por vencidos no era una opción. Iban a lograrlo juntos.

Pasó un largo rato hasta que pudieron, bordeando el pajonal, llegar a una pequeña bahía rodeada de sauces llorones. Hubo que dejar de remar y en su lugar usar los remos como palanca, apoyándolos en el fondo barroso. Pero finalmente lo habían hecho. Sólo faltaba cargar el kayak y caminar los cien metros que los separaban del camino vecinal en donde los iban a ir a buscar.

Habían pasado varias horas, y habían remado más de dieciocho kilómetros desde la naciente del arroyo hasta casi llegar a la desembocadura en el océano. Y había sido una jornada intensa.  Feli estaba cansado y feliz. Ya no tenía miedo. Ya había completado su primera travesía. 

Un par de días después volvió, otra vez sólo, a la capital. Su padre lo despidió con una abrazo fuerte, y el pecho lleno de orgullo. Él volvió a su rutina, al liceo, a la vida conocida. Pero ya no sería el mismo después de haber vivido aquella aventura. 

Vendrían otras, por supuesto. Otros peligros, otras olas que lo iban a amenazar, otras corrientes más grandes y peligrosas, otras orillas de las que debería alejarse, y algunas a las que debería acercarse a descansar y estar seguro.

Lo esperaban otras aventuras en las que su padre no iba a poder acompañarlo.

Aunque, de algún modo, él sabía que lo estaría mirando desde el asiento de atrás. 


sábado, 19 de julio de 2025

HORROR

 HORROR

Estuvo un rato largo en silencio, buscando la palabra justa. 

Pero antes, cuando recién venía llegando al rancho, estuvo buscando en sus recuerdos otras cosas: su gente, sus afectos, y hasta a su cuzco, que también extrañaba.

Había pasado mucho tiempo, eso sí. Cuando vinieron a buscarlo recién arrancaba 1903, y ya había relajo con el gobierno nuevo. El General andaba buscando gente y caballada, y cuando se descuidó ya habían venido por él. Apenas le dio pa despedirse de su mujer y darle un beso en la cabeza al gurí que jugaba en el patio. De eso hacía mucho, o eso le pareció a él. 

Mucha agua había corrido desde entonces. Acampadas a orilla de los arroyos, varios encontronazos con las tropas del gobierno, hambre, y cansancio. Tenía varios degollados en su haber, que no le pesaban tanto. Uno se acostumbra a todo en campaña. Muerte, mucha muerte habían visto sus ojos cansados. Hasta la propia muerte del General, allá por Masoller. 

Ahí fue que se dispersó la gauchada. Cada uno pa su pago, y a otra cosa. Habían pasado casi dos años, calculó. Y no era de errarle mucho. Era fino pa calcular. Le erraba poco.

Eso sí, nunca hubiera podido calcular la escena que se iba a encontrar a su regreso. Por más que muchas noches se acordaba de su rancho, su mujer y su cría, ese recuerdo estaba congelado en el tiempo. Los recordaba como eran aquella tardecita de enero, cuando ella entraba la ropa y el gurí jugaba en el patio. Como si aquella escena hubiera sido pintada, y no real. 

Pero la realidad que lo esperaba era otra muy distinta. Del rancho quedaban el horcón del medio, el de la cocina, y la pared del fondo, donde supo estar la cocina a leña. Había, al costado, un montón de terrones y unos palos a medio quemar, donde antes estaba el otro rancho, el de dormir. 

El gallinero medio en pie, pero desvencijado, torcido. La cachimba, con sólo el brocal de piedra a medio derrumbar, le sirvió al hombre para descargar en ella toda la furia, todo el dolor, cuando divisó allá al fondo atrás de la huerta, dos montones de piedra con dos cruces de madera. 

Sucio, cansado y lastimado, volvió hasta donde pastaba el tubiano. Desensilló, le pegó una palmada al compañero de tantas horas, y volvió sobre sus pasos con el lazo en la mano.

Fue hasta donde terminaba el monte de eucaliptus, donde empezaba la pampa infinita. 

-Carajo! ¡Tanta muerte por esto! -pensó.

Su soledad se perdió en la inmensidad, donde un caballo viejo y flaco masticaba el pasto reseco.

Miró el viejo ombú, grave, enorme, solitario. Una pareja de cuervos, que parecía presentir el desenlace, esperaba paciente. El tiempo nunca fue problema en aquella inmensidad.

Miró por última vez el miserable hilo de agua que alguna vez fue escenario de pescas con su gurí. Ahí mojarreaba despacio, pitando, mientras el mocoso tiraba piedritas. Parecía que había sido hace tanto tiempo…

Revoleó el lazo, hizo un nudo corredizo, se trepó a un pedazo de tronco, se ajustó perfectamente el lazo en el pescuezo, y fue justo antes que se apagara aquella luminosidad crepuscular cuando se acordó de la palabra que venía buscando.

-Qué horror al pedo! -murmuró. Y pateó el tronco seco.