REFUGIO Y MAGIA
Refugiarse algunas veces, aventurarse otras, y otras sólo dejar que la magia suceda. Invitar a vivir otras fiestas, a soñar otros sueños, a creer en lo increíble. De eso se trata, de todo eso y nada más que eso.
lunes, 20 de abril de 2026
ILUMINACIÓN
ILUMINACIÓN
John no era un turista común. Ni siquiera le gustaba definirse como tal. Él era un viajero
espiritual. Así lo sentía, por lo menos. Tenía 30 años y viajaba hacía 7.
Había estado en ceremonias de ayahuasca en Perú, en temazcales en Nuevo México, y
experimentado con el peyote en el desierto de Atacama.
Su formación como instructor de yoga no le impedía continuar con su búsqueda. Estudioso y
dedicado, había leído los clásicos de casi todas las religiones conocidas, desde la Torá hasta
la Biblia, pasando por el Bhagavad Gitá y el Tao Te King.
Decidido a trascender las limitaciones del cuerpo, se había sometido voluntariamente a
grandes privaciones. Había ayunado casi hasta desfallecer, había meditado horas y horas en
retiros de Vipassana, y hasta había aprendido a soportar estoicamente el frio y el calor
extremos. Decía que eran pequeños desafíos para producir grandes cambios. Valían la pena.
Nunca quiso seguir dogmas, y en su frenético peregrinar convivió con budistas en el Tibet,
limpiando los baños del templo; se inició en Reiki en el mismisimo Japón y aprendió rituales
chamánicos en una remota aldea del Amazonas.
Finalmente llegó el momento anhelado. Un dia cualquiera empezó a sentirse diferente. Más
leve, más enfocado. Sentía su cuerpo vibrar bajo sus blancas ropas de lino.
Ya nada le preocupaba. Había tenido su propio satori, había alcanzado el nirvana. No sufría de
hambre, ni de sueño, ni de frío. No necesitaba nada para ser feliz. Había logrado la paz interior.
Entonces, un buen día, resolvió finalmente regresar a su ciudad natal, para esparcir su luz.
Y volvió a su vida anterior, y volvió a su rutina, y volvió a convivir con su familia.
Fue allí, finalmente, donde pudo descansar de su largo viaje. En la mirada de su abuela
encontró la tranquila sabiduría de la paciencia, en las manos rugosas de su abuelo vió el
sacrificio y las privaciones, en la comida de su madre estaba el alimento que necesitaba, en las
largas conversaciones con su padre estaba la paz interior fruto del encuentro.
En esa vieja casa donde transcurrió su infancia y donde se gestaron sus sueños, entendió que
la sabiduría no está en seguir caminos ya trazados sino en caminar el suyo propio, que el saber
no se encuentra en libros ni en maestros, sino en la propia experiencia, que de nada valen las
privaciones del cuerpo si no miramos con compasión las heridas del alma.
Y fue allí, precisamente, donde recibió más sorpresas en el camino de la iluminación.
NOTICIAS
NOTICIAS
La noticia demoró un par de dias en llegar a los diarios y los informativos.
En grandes y sensacionalistas titulares aparecia: El fuego lamió las paredes, y se fue tragando
las imágenes de la tragedia.
Liliana había estado leyendo hasta tarde, y entró corriendo a hacer la cena antes de que
llegara Julián. Una frase había quedado resonando en su cabeza: Son necesarias las
transformaciones silenciosas que nos hacen salir de nosotros mismos.
Apurada, cocinó, preparó la mesa y lo esperó con todo pronto. Sabía que él llegaría cansado y
de mal humor. Lo conocía muy bien.
Cuando él llegó a su casa, fumó el último cigarrillo en la penumbra, con los codos apoyados en
la mesa; entonces ella recordó que aquella era la postura que solía adoptar su padre.
Para entonces, la cena se había enfriado, irremediablemente.
Entonces él caminó hacia ella, y tenía los ojos de esmeralda y la áspera pelambre y el olor de
un macho cabrío.
- Esta porquería está fría- soltó- y hasta mal hecha está.
- El mundo está mal hecho- murmuró ella.
- ¿Cuántas veces la misma escena? Será que no servís para nada, mismo? Al final que
esperás? Que trabaje todo el día para venir a comer esta mierda?
Lo que iba a pasar después, ella ya lo sabía.
- Una tiene sus sueños, cosas suyas, íntimas, y después la vida no quiere seguir jugando
contigo, y te lo desmonta, un instante, una frase, y todo se desvanece. Suele ocurrir-pensó.
Cuando todo terminó, una eternidad después, y justo antes de dormirse, Julian sentenció:
- Así será mi matrimonio. No les alcanzará la vida para contarlo.
Liliana ya no lo escuchaba. Sólo escuchaba aquella frase en su cabeza: son necesarias las
transformaciones silenciosas…
Así que hizo lo que tendría que haber hecho hacía mucho tiempo. Silenciosamente.
Al salir de la cabaña, las aguas eran plácidas, todo estaba en calma y las nevadas montañas,
los palacios de la naturaleza, no habían cambiado.
Se fue caminando despacio, sintiendo el crepitar tras de si.
No tenía apuro. Las noticias, en ese páramo, siempre demoraban un par de dias en llegar.
martes, 23 de diciembre de 2025
EL DIA EN QUE MATÉ A UNA VIEJA
Mi nombre es Leonardo, y un día maté a una vieja. No fue mi culpa, sino del destino. Fue sin querer.
Yo me estaba bañando porque tenía una cita a la que quería ir bien bonito, afeitado y perfumado. Pero se me hacía tarde, como siempre que me quedo dando vueltas y vueltas, como una barboleta. Es que me ponen muy ansioso las citas. ¿Qué le voy a hacer?
Pero esa vez la culpa fue de mi hermano Beto, que no salía nunca más del baño. Vivíamos juntos, y su actividad favorita era molestarme. Yo creo que lo hacía de gusto. Cuanto más apurado estaba yo, más demoraba él en el baño. Odiaba eso. Lo odiaba a él.
Vivíamos en pleno centro, en una calle muy transitada, en el tercer piso de un edificio antiguo, revestido de ladrillos, justo en una esquina. Abajo había algunos locales comerciales, que pertenecían al mismo edificio; una ferretería, una carnicería y una peluquería.
Ese día, como decía, yo estaba super apurado, además de ansioso y nervioso por mi cita. Cuando el pesado de mi hermano finalmente se decidió a salir, entré corriendo al baño. Me acuerdo como si fuera hoy. Un día de mucho calor. Creo que era enero, o febrero. No, era enero. Me acuerdo porque yo estaba de licencia.
Entré corriendo al baño, me enjaboné, y mientras cerraba los ojos tarareaba Like a Virgin, mi canción favorita por ese entonces. Madonna era mi ídola absoluta. El agua corría por mi cuerpo, yo iba aflojando tensiones, ojos cerrados, Madonna, ¡¡qué lindo!!
Cuando quise acordar, se me estaba terminando el agua. Al instante me convencí de que mi hermano había abierto la canilla de la cocina, sólo para molestarme. Abrí los ojos y no se veía nada adentro de ese baño. No alcanzaba ni a verme las manos. Me saqué el jabón de los ojos como pude y empujé con todas mis fuerzas la banderola, para que se fuera un poco el vapor por lo menos. Era la solución más rápida, porque ir hasta la puerta y abrirla podía significar un resbalón, y no iba a arriesgarme a eso.
La banderola no sólo estaba cerrada. Estaba trancada. Y yo no lo sabía. Entonces empujé una vez, dos veces, tres veces, y la banderola voló por los aires, con marco y todo.
La sentí volar, la visualicé, la intuí. ¡Tres pisos son como diez metros! -calculé.
Instantes después, que parecieron eternos, escuché un ruido sordo. Detrás de mí, la roseta de la ducha goteaba rítmicamente. El tiempo se detuvo. Mi respiración también.
¡¡¡Maté una vieja!!! ¿Qué hago ahora? ¿Y mi cita? ¿Cómo arreglo esto? - me preguntaba mientras me envolvía rápidamente en la primera toalla que agarré.
Si llega la policía, por lo menos que me encuentre vestido-pensé.
Las lágrimas se mezclaban con el agua y el jabón. Yo temblaba mientras me aprestaba a bajar las escaleras semidesnudo. Por suerte demoré en encontrar las llaves, esperando escuchar las sirenas y los gritos en cualquier momento.
Pero no. Y eso fue lo que me llamó la atención: el silencio. No había gritos, ni sirenas, ni llantos, nada.
Acerqué el banquito de la abuela al baño, y muy despacito comencé a asomarme, agarrado de los bordes del agujero donde antes estaba la banderola.
Lo que vi me dejó sin habla. La vida seguía allá abajo. No había ambulancias, ni policías, ni curiosos. Sólo el cartel de la ferretería en la vereda. Y unos metros más arriba, descansando sobre el toldo de la carnicería, la banderola del baño, intacta.
En ese mismo instante tomé tres decisiones que cambiarían mi vida para siempre. Cancelé la cita, llamé a un albañil para que recolocara la banderola, y dejé de escuchar a Madonna. Yo creo que me trae mala suerte.
domingo, 14 de diciembre de 2025
MENSAJERÍA LA ESPERANZA
Mensajería
La Esperanza
Nora Andrade no sabe muy bien por qué sigue
todavía trabajando en la agencia de mensajería. Tal vez sea porque está
enamorada secretamente de Alejandro, el informático. En realidad, ella piensa
que secretamente, aunque toda la agencia lo sospecha. Y Alejandro tiene la
absoluta certeza.
Tal
vez sea porque, después de todo, su puesto de repartidora no está tan mal. Le
permite estar todo el día en la calle en su moto, a la que adora y con la que
tiene una relación amistosa, confidente, intima. La lava, la encera, la cuida
más de lo que nadie la cuidó a ella misma, nunca.
El
salario de la mensajería no es gran cosa, pero Nora se aferra a él, con la
esperanza de poder cumplir su sueño de viajar y conocer otros países. Aún no
tiene los medios suficientes, pero ya llegará el momento.
Mientras
tanto anda en la calle, conoce gente y hace contactos, lo que le permitió entre
otras cosas hacerse pasar por periodista y hasta conseguir un carné falso con
el que de vez en cuando entra gratis a un museo o algún espectáculo musical.
Aunque
en realidad lo que a Nora le encantaría es haber sido periodista de verdad, si
hubiera podido. Se encargaría de los anuncios de las inmobiliarias, con esas
impresionantes descripciones de los apartamentos y casas, rebuscadas,
exageradas, casi poéticas.
Eso,
y las necrológicas, que eran su pasión. Le encantaría escribir extensas notas
que hablaran sobre las bondades del difunto, con detalles de vida y obra,
exaltando virtudes y minimizando defectos. Eso sería un verdadero salto en su
vida, pensaba.
Fue
un tórrido día de verano, de esos en los que apenas se puede respirar, que tuvo
una idea. Estaba en pleno reparto, cuando la sintió aparecer, crecer y hacer
fuerza para manifestarse. Así eran sus ideas.
Torció
ligeramente a la derecha, y se dirigió a la plaza, frente a la cual estaba la
funeraria del pueblo. Tenía un plan perfecto para dar el primer paso en lo que
sería su nueva vida. El mundo iba a conocer a Nora Andrade, ya iban a ver.
Estacionó
en el sector reservado a las motos, sacó un chocolate de los que solía llevar
en la cartera, se acomodó su estrecha falda de cuero negro, a tono con sus
botas altas, se alisó su melena, y acariciando la moto se dirigió a paso firme
a la Funeraria El Descanso.
-Ya
vuelvo, mi amor-le dijo- Espérame acá, voy a conquistar el mundo.
Entró
a paso firme a la oficina, donde una aburrida funcionaria se abanicaba
frenética.
-Buenos
días, vengo a redactar un aviso fúnebre. Ustedes se encargan de eso ¿verdad?
-Buen
día señorita, efectivamente. Se publica en el Diario Oficial y en un diario de
circulación masiva.
-Bien,
escriba entonces lo que le voy a dictar: Con profundo pesar comunicamos la
lamentable desaparición física de quien fuera una de las más eminentes letras
del departamento, la destacada periodista Nora Andrade. Su esposo Alejandro,
sus numerosos lectores, y el mundo de las letras y el periodismo pierden a una
de las más influyentes plumas de nuestro tiempo.
-Bien,
¿algo más?
-Si,
hágalo llegar a todos los diarios que circulen por acá. Y mande un cadete a
esta dirección, por favor. Muchas gracias.
Salió
rumbo a la plaza, a acariciar el espejo de la moto mientras pensaba en voz alta
que creamos lo que creemos. Si era verdad eso que decían, sólo era cuestión de
esperar. No importaba que hubiera un desfasaje en el tiempo y el espacio. Algún
día iba a morir, de eso no tenía duda. ¿Y quien mejor que ella misma para
redactar su necrológica? Sus padres la habían abandonado en la puerta de la
iglesia antes de cumplir un mes. No tenía pareja, ni hijos, ni nada que la
atara. Sólo Alejandro, que algún día se daría por enterado y se casaría con
ella. Pero había tiempo para eso. Ahora tenía que llenar el tanque, armar una
mochila y salir a la ruta.
-Nadie
es famoso en su tierra, y menos antes de morir - pensó.
O SENHOR EDSON
Lo conocí en una Unidad de Pronto Atendimento, a la que había ido a hacerse unos exámenes de rutina. Estaban a punto de diagnosticarle un cáncer de pulmón, aunque él aún no lo sabía.
Flaco,
encorvado y elegante, pantalón de lino, camisa del mismo material, sombrero al
tono, y mirada de quien ya lo ha visto todo y está cansado. Miraba jugar a una
niña en brazos de su madre, y parecía que sus ojos sonreían, apenas.
Edson
Silva Dos Santos era el único hijo del Dr. Severino Dos Santos y de Doña
Clovinda Silva y, como tal, heredero de la fortuna de su padre, acaudalado
médico de Sao Paulo y relacionado siempre con el poder de turno.
De
todos modos, nunca heredaría esa cuantiosa fortuna, ya que había sido
desheredado por su padre el día que huyó de su casa y de un futuro predecible,
exitoso y aburrido.
Tenía
18 años cuando se subió a aquel fusca pintado con flores de colores, y símbolos
hippies. No iba sólo. Viajaban con él la música de Jorge Ben Jor y Raúl Seixas,
la psicodelia, su guitarra, algo de maconha, y Angela, una morena que le sacaba
varios años de vida y experiencia.
Edson
era joven, impetuoso e inconformista. Fue mochilero por la BR101, artesano en
Florianópolis, artista plástico en Rio, aspirante a escritor en Jericoacoara, y
carnavalero en Olinda, entre otros oficios poco ortodoxos.
Nunca
volvió a ver a sus padres, y nunca se arrepintió de haberse ido porque,
aseguró, no hay crecimiento sin culpa.
Nos
hicimos amigos, si es que se les puede decir así a quienes comparten algunas
palabras y muchas copas en los bares de Recife.
Yo
hacía muchas preguntas, tal vez por mi antiguo oficio de periodista, y él
hablaba poco. Solía mirar por encima del vaso, terminar su trago, apoyar
solemnemente el vaso en la mesa y contestar con monosílabos.
Nunca
lo vi enojado. Aceptaba con estoica calma todo lo que sucedía a su alrededor.
La demora del mozo, la demora de los resultados de sus análisis, la lluvia, el
paso del tiempo.
Una
vez, bastante borrachos ambos, me confesó que andaba por ahí una hija suya,
quién sabe dónde. Y me miró con los ojos inundados.
-A
saudade dói, ¿viu?
-Eu sei, amigão. Eu sei.
Y
los dos miramos para otro lado, porque cualquiera sabe que los hombres no
lloran.
Él
fue el primero en romper el silencio, al cabo de un buen rato.
-Tuve
una hija, hace mucho tiempo, ¿sabe? Había conocido a una gringa en
Florianópolis, una vez que fuimos a tocar unas músicas con unos amigos, a Santo
Antonio. Ella era holandesa, flaca, alta, inteligente, bohemia y artista. Nos
conocimos, nos apasionamos, y fuimos bastante felices, ¿sabe? Pero la aventura
terminó al poco tiempo, por cosas de la vida. Y al poco tiempo conseguí un
contrato con la banda para tocar en Ilha Grande, a través de un antiguo amigo
de mi padre. Cuando me fui a despedir, me dijo que estaba embarazada. Recién
ahí, amigo, cuando estaba por irme. Me estaba yendo, ya. ¿Puede creer? Estaba
de cinco meses, y no fue capaz de decirme antes… Yo hubiera hecho algo, no sé.
Me hubiera quedado, tal vez. Podría haber conseguido trabajo, capaz. Está bien
que las cosas entre nosotros se hayan terminado, ¡pero era una hija! ¡Me
tendría que haber avisado antes!
Edson
hizo una pausa, armó un tabaco y le dio otro sorbo al vaso antes de continuar…
-Mucho
tiempo después, pasé por Floripa, ¿sabe? Me arrimé a Santo Antonio con la
esperanza y el miedo de ver qué había acontecido. Ahí fue cuando me enteré que
había nacido una niña, a la que le habían puesto de nombre Vitoria, y que había
vuelto a Holanda con ella. Nadie supo decirme más nada. Ni cómo encontrarla, ni
dónde, ni si había dejado algún teléfono o alguna dirección, o algo. Nada.
Había desaparecido, y mi esperanza de conocer a mi hija había desaparecido con
ella… Hasta el día de hoy. ¿sabe amigo? Hasta el día de hoy cada vez que veo
una menina, no puedo dejar de pensar en ella. Y eso que he seguido viviendo, ¿eh?
He recorrido medio Brasil, he hecho de todo, pero no he podido olvidarme de esa
niña a la que nunca conocí. A veces pienso que es el castigo por haber
abandonado yo mismo a mis padres, por no haber vuelto nunca más a São Paulo,
por haberlos dejado solos, pensando todo el tiempo en qué habría sido de mí.
Así como me siento yo todos los días de mi vida se deben haber sentido mis
padres ¿no cree?
Yo,
que solía poner cara de inteligente y hacer preguntas difíciles en mi época de
periodista, no supe qué decir. Sólo atiné a mirar para afuera, donde la lluvia
de agosto seguía lavando la vereda, la calle, las plazas, llevándose consigo
historias de abandono, de tristezas, de soledades.
-
¿Você que acha, amigo? - Esta vez el interrogado era yo- ¿Será que uno puede
olvidarse?
-Ojalá,
amigo, ojalá - pensé yo mirando la calle.
Llovía
afuera, y la lluvia no se llevaba nada de lo que hubiéramos querido que se
llevara.
-A
veces - continuó - pienso que ella debe querer verme, conocerme, ponerle un
rostro al concepto de padre. Me imagino que me escribe cartas en secreto y las
guarda a escondidas de su madre. Imagino que me necesita, que le gustaría que
yo hubiera estado más cerca durante su niñez, su adolescencia…
-Debe
ser un virus que tenemos los padres -bromeé. Yo pienso lo mismo de mis hijos.
Pero ellos no nos necesitan, amigo. Ya crecieron. Y piensan que las ramas
nuevas no necesitan de las raíces.
-Pois
é… Mais a mi me gusta pensar eso. Me hace sentir querido. Aunque ya debe ser
una mujer grande, ¿né? Ya debo tener hasta nietos por allá por Europa. ¿Quién
sabe?
Un
buen rato estuvimos mirando llover, en silencio, cada uno en sus pensamientos,
hasta que por fin me animé a preguntar.
-
¿Y? ¿Qué dicen los médicos? de su problemita, digo. ¿Qué le dijeron? ¿Qué le
van a hacer?
-Nada
-Cómo
nada? Algo habrá que hacer, ¿no?
-Mire,
amigo. No me van a hacer nada porque yo no quiero. Ya no estoy para que anden
jugando conmigo. Si me llegó la hora, me iré tranquilo, ¿viu? No me arrepiento
de nada. Hice lo que hice y viví como quise. Y, por suerte, no lastimé a nadie
en el camino. Así que me voy a ir como yo quiero. Tranquilo, en casa, cuando me
llegue el momento.
-Pero
hay alternativas ahora. Hay mucha cosa nueva, mucha tecnología, mucha cosa.
¿No?
-Mire,
estoy viejo y cansado. Ni sé si tengo ganas.
Seu
Edson miró su vaso, miró la lluvia, y guardó silencio.
Por
fin continuó, luego de vaciado el vaso y pedido el siguiente, que llegó al
instante.
-
¿Sabe qué es lo que más duele? - preguntó sin mirarme.
-
¿Del cuerpo? ¿Le duele mucho? - aventuré inocentemente.
-No.
Este es sólo el envase - aclaró señalándose el pecho- Le hablo del alma, esa es
la que duele. Duele no sentirse querido, sobre todo. Pero, ¿sabe lo qué más
duele? Pensar que esta gurisa está creciendo, o creció, ¡bah!, sin padre. ¿Cómo
será no conocer a tu padre, no hablar con él, que no te lleve al parque?
-
¿Triste?
-Mucho
más que triste. Debe ser como morirse de a poco, mi amigo. Como de a poco se
habrán muerto de tristeza mis padres, como de a poco me voy muriendo yo, sin
haber visto crecer a mi hija. Duele pa’ caramba estar separado de un hijo, mi
amigo. Yo no sabía que dolía tanto. En serio le digo. Para eso, más vale
morirse todo junto, de una vez y para siempre.
DESAPARICIÓN
-Oficial, yo necesito que
se tranquilice y me escuche. Por favor. Le repito que no sé lo que pasó.
Nosotros veníamos tranquilos, conversando sobre la familia, lo que había pasado
en el cumpleaños, la nueva novia de mi hermano, esas cosas. Siempre agarramos
por la rambla, no porque sea más corto sino por costumbre nomás, porque me
gusta manejar por la rambla. Cuando pasamos el puente del Arroyo Carrasco, el
que está sobre la rambla mismo, la vimos. Fue a esa altura, frente a la Escuela
Naval.
La oficial de policía
volvió a acomodarse su enorme moño debajo de la gorra, y sin levantar la vista
de su libreta, conminó:
-Continúe.
-Bueno. Eso, que ahí la
vimos. Los dos al mismo tiempo. Una mujer vestida de blanco, descalza, cabello
largo. Parecía perdida, como que caminaba sin rumbo. No sé. La cuestión es que
mi mujer no tuvo mejor idea que preguntarle si precisaba algo, si estaba bien.
Ahí fue que le ofreció subirse a la caja y que la arrimábamos.
- Siga, caballero.
-Nada, eso. Por eso
terminamos acá. Yo paré la camioneta ahí donde la ve, al lado del lago.
Aproveché la oscuridad para orinar atrás de un árbol mientras ellas
conversaban, y cuando volví ya no estaban. Las busqué un rato, la llamé a mi
mujer, volví a la camioneta, y nada. Obviamente cuando ya estaba por darme un
ataque decidí llamar a la policía y ahí fue donde apareció usted, justito. Cosa
que agradezco, aprovecho a decirle. Este parque oscuro, de noche, debe ser
bastante inseguro. Me alegra que la policía tenga personal que ronde. Uno se
siente más seguro. Pero bueno, oficial, ya le digo que no tengo idea de dónde
se metió. Y, con todo respeto, usted tendría que estar ayudándome a buscarla y
no interrogándome.
-Por favor, caballero.
Guarde silencio y haga lo que le digo. Suba a su camioneta, vaya a su domicilio
y espere que yo personalmente me voy a encargar de todo. Tenga la certeza de
que conozco el parque como la palma de mi mano. Lo he caminado para arriba y
para abajo, de norte a sur y de este a oeste, todas las noches desde que tengo
uso de razón. A veces extiendo un poco más mis rondas, incluso, cuando es
necesario. Vaya tranquilo.
La oficial guardó su
libreta y su birome en el bolsillo superior izquierdo de la camisa, dando por
terminada la conversación. Se volvió a acomodar el pelo bajo la gorra, una vez
más. Su mirada penetrante, sin brillo, no dejaba adivinar ninguna intención ni
pensamiento. Pero era disuasiva, sin dudas.
Estaba desesperado, había
buscado a su esposa por horas en ese parque oscuro, y ahora le decían que tenía
que irse a esperar.
Pero la mirada de la
policía no dejaba espacio para discutir. Hasta miedo le había dado.
Así
que el hombre no tuvo más remedio, cansado y resignado como estaba, que
obedecer.
Caminó
despacio, pensando en que en toda la conversación la mujer de policía sólo había
levantado la vista una
vez. Una mirada que le pareció hueca, sin vida, pensó.
Siguió pensando eso
mientras encendía el motor, se ajustaba el cinturón, y prendía las luces.
Enfiló por el camino de
salida, y miró por costumbre por el espejo retrovisor. Alcanzó a ver cómo la
oficial de policía se soltaba finalmente el pelo, que le pareció larguísimo.
Le pareció ver que se
sacaba la chaqueta del uniforme también, y que estaba vestida de blanco por
abajo. Pero dudó. Estaba muy lejos ya, y las sombras del Parque Rivera se
encargaron de ocultarle la verdad.
jueves, 25 de septiembre de 2025
SAUDADE
Ser criança é ser inocente, é ser feliz, e não ter saudade.
É estar cheio de sonhos, de imaginação, de alegria.
Estar brincando o tempo todo com os coleginhas. De esconde-esconde, de boneca, de pular corda.
Quando você morava numa casa grande, passava as férias com o seus avós, e seu mundo era um quintal de brinquedos.
Depois... a gente se machuca com a realidade de trabalho, problemas, saudades, desejos, mágoas...
Ser adulto então se reduz a ter saudade de ser criança, se acordar cedo, com vontade de brincar. Mas, não pode, não!!..os adultos não brincam, não riem, não choram!
Mas, as vezes, a gente esquece ter maturado, e brinca, e dança, e volta a ser uma criança, e a saudade vai embora.
E, nesas vezes, a gente acha que a verdadeira sabedoria é voltar a ser criança. ¿Não é?
Julio Perera López