Lo
conocí en una Unidad de Pronto Atendimento, a la que había ido a hacerse unos
exámenes de rutina. Estaban a punto de diagnosticarle un cáncer de pulmón,
aunque él aún no lo sabía.
Flaco,
encorvado y elegante, pantalón de lino, camisa del mismo material, sombrero al
tono, y mirada de quien ya lo ha visto todo y está cansado. Miraba jugar a una
niña en brazos de su madre, y parecía que sus ojos sonreían, apenas.
Edson
Silva Dos Santos era el único hijo del Dr. Severino Dos Santos y de Doña
Clovinda Silva y, como tal, heredero de la fortuna de su padre, acaudalado
médico de Sao Paulo y relacionado siempre con el poder de turno.
De
todos modos, nunca heredaría esa cuantiosa fortuna, ya que había sido
desheredado por su padre el día que huyó de su casa y de un futuro predecible,
exitoso y aburrido.
Tenía
18 años cuando se subió a aquel fusca pintado con flores de colores, y símbolos
hippies. No iba sólo. Viajaban con él la música de Jorge Ben Jor y Raúl Seixas,
la psicodelia, su guitarra, algo de maconha, y Angela, una morena que le sacaba
varios años de vida y experiencia.
Edson
era joven, impetuoso e inconformista. Fue mochilero por la BR101, artesano en
Florianópolis, artista plástico en Rio, aspirante a escritor en Jericoacoara, y
carnavalero en Olinda, entre otros oficios poco ortodoxos.
Nunca
volvió a ver a sus padres, y nunca se arrepintió de haberse ido porque,
aseguró, no hay crecimiento sin culpa.
Nos
hicimos amigos, si es que se les puede decir así a quienes comparten algunas
palabras y muchas copas en los bares de Recife.
Yo
hacía muchas preguntas, tal vez por mi antiguo oficio de periodista, y él
hablaba poco. Solía mirar por encima del vaso, terminar su trago, apoyar
solemnemente el vaso en la mesa y contestar con monosílabos.
Nunca
lo vi enojado. Aceptaba con estoica calma todo lo que sucedía a su alrededor.
La demora del mozo, la demora de los resultados de sus análisis, la lluvia, el
paso del tiempo.
Una
vez, bastante borrachos ambos, me confesó que andaba por ahí una hija suya,
quién sabe dónde. Y me miró con los ojos inundados.
-A
saudade dói, ¿viu?
-Eu sei, amigão. Eu sei.
Y
los dos miramos para otro lado, porque cualquiera sabe que los hombres no
lloran.
Él
fue el primero en romper el silencio, al cabo de un buen rato.
-Tuve
una hija, hace mucho tiempo, ¿sabe? Había conocido a una gringa en
Florianópolis, una vez que fuimos a tocar unas músicas con unos amigos, a Santo
Antonio. Ella era holandesa, flaca, alta, inteligente, bohemia y artista. Nos
conocimos, nos apasionamos, y fuimos bastante felices, ¿sabe? Pero la aventura
terminó al poco tiempo, por cosas de la vida. Y al poco tiempo conseguí un
contrato con la banda para tocar en Ilha Grande, a través de un antiguo amigo
de mi padre. Cuando me fui a despedir, me dijo que estaba embarazada. Recién
ahí, amigo, cuando estaba por irme. Me estaba yendo, ya. ¿Puede creer? Estaba
de cinco meses, y no fue capaz de decirme antes… Yo hubiera hecho algo, no sé.
Me hubiera quedado, tal vez. Podría haber conseguido trabajo, capaz. Está bien
que las cosas entre nosotros se hayan terminado, ¡pero era una hija! ¡Me
tendría que haber avisado antes!
Edson
hizo una pausa, armó un tabaco y le dio otro sorbo al vaso antes de continuar…
-Mucho
tiempo después, pasé por Floripa, ¿sabe? Me arrimé a Santo Antonio con la
esperanza y el miedo de ver qué había acontecido. Ahí fue cuando me enteré que
había nacido una niña, a la que le habían puesto de nombre Vitoria, y que había
vuelto a Holanda con ella. Nadie supo decirme más nada. Ni cómo encontrarla, ni
dónde, ni si había dejado algún teléfono o alguna dirección, o algo. Nada.
Había desaparecido, y mi esperanza de conocer a mi hija había desaparecido con
ella… Hasta el día de hoy. ¿sabe amigo? Hasta el día de hoy cada vez que veo
una menina, no puedo dejar de pensar en ella. Y eso que he seguido viviendo, ¿eh?
He recorrido medio Brasil, he hecho de todo, pero no he podido olvidarme de esa
niña a la que nunca conocí. A veces pienso que es el castigo por haber
abandonado yo mismo a mis padres, por no haber vuelto nunca más a São Paulo,
por haberlos dejado solos, pensando todo el tiempo en qué habría sido de mí.
Así como me siento yo todos los días de mi vida se deben haber sentido mis
padres ¿no cree?
Yo,
que solía poner cara de inteligente y hacer preguntas difíciles en mi época de
periodista, no supe qué decir. Sólo atiné a mirar para afuera, donde la lluvia
de agosto seguía lavando la vereda, la calle, las plazas, llevándose consigo
historias de abandono, de tristezas, de soledades.
-
¿Você que acha, amigo? - Esta vez el interrogado era yo- ¿Será que uno puede
olvidarse?
-Ojalá,
amigo, ojalá - pensé yo mirando la calle.
Llovía
afuera, y la lluvia no se llevaba nada de lo que hubiéramos querido que se
llevara.
-A
veces - continuó - pienso que ella debe querer verme, conocerme, ponerle un
rostro al concepto de padre. Me imagino que me escribe cartas en secreto y las
guarda a escondidas de su madre. Imagino que me necesita, que le gustaría que
yo hubiera estado más cerca durante su niñez, su adolescencia…
-Debe
ser un virus que tenemos los padres -bromeé. Yo pienso lo mismo de mis hijos.
Pero ellos no nos necesitan, amigo. Ya crecieron. Y piensan que las ramas
nuevas no necesitan de las raíces.
-Pois
é… Mais a mi me gusta pensar eso. Me hace sentir querido. Aunque ya debe ser
una mujer grande, ¿né? Ya debo tener hasta nietos por allá por Europa. ¿Quién
sabe?
Un
buen rato estuvimos mirando llover, en silencio, cada uno en sus pensamientos,
hasta que por fin me animé a preguntar.
-
¿Y? ¿Qué dicen los médicos? de su problemita, digo. ¿Qué le dijeron? ¿Qué le
van a hacer?
-Nada
-Cómo
nada? Algo habrá que hacer, ¿no?
-Mire,
amigo. No me van a hacer nada porque yo no quiero. Ya no estoy para que anden
jugando conmigo. Si me llegó la hora, me iré tranquilo, ¿viu? No me arrepiento
de nada. Hice lo que hice y viví como quise. Y, por suerte, no lastimé a nadie
en el camino. Así que me voy a ir como yo quiero. Tranquilo, en casa, cuando me
llegue el momento.
-Pero
hay alternativas ahora. Hay mucha cosa nueva, mucha tecnología, mucha cosa.
¿No?
-Mire,
estoy viejo y cansado. Ni sé si tengo ganas.
Seu
Edson miró su vaso, miró la lluvia, y guardó silencio.
Por
fin continuó, luego de vaciado el vaso y pedido el siguiente, que llegó al
instante.
-
¿Sabe qué es lo que más duele? - preguntó sin mirarme.
-
¿Del cuerpo? ¿Le duele mucho? - aventuré inocentemente.
-No.
Este es sólo el envase - aclaró señalándose el pecho- Le hablo del alma, esa es
la que duele. Duele no sentirse querido, sobre todo. Pero, ¿sabe lo qué más
duele? Pensar que esta gurisa está creciendo, o creció, ¡bah!, sin padre. ¿Cómo
será no conocer a tu padre, no hablar con él, que no te lleve al parque?
-
¿Triste?
-Mucho
más que triste. Debe ser como morirse de a poco, mi amigo. Como de a poco se
habrán muerto de tristeza mis padres, como de a poco me voy muriendo yo, sin
haber visto crecer a mi hija. Duele pa’ caramba estar separado de un hijo, mi
amigo. Yo no sabía que dolía tanto. En serio le digo. Para eso, más vale
morirse todo junto, de una vez y para siempre.