Mensajería
La Esperanza
Nora Andrade no sabe muy bien por qué sigue
todavía trabajando en la agencia de mensajería. Tal vez sea porque está
enamorada secretamente de Alejandro, el informático. En realidad, ella piensa
que secretamente, aunque toda la agencia lo sospecha. Y Alejandro tiene la
absoluta certeza.
Tal
vez sea porque, después de todo, su puesto de repartidora no está tan mal. Le
permite estar todo el día en la calle en su moto, a la que adora y con la que
tiene una relación amistosa, confidente, intima. La lava, la encera, la cuida
más de lo que nadie la cuidó a ella misma, nunca.
El
salario de la mensajería no es gran cosa, pero Nora se aferra a él, con la
esperanza de poder cumplir su sueño de viajar y conocer otros países. Aún no
tiene los medios suficientes, pero ya llegará el momento.
Mientras
tanto anda en la calle, conoce gente y hace contactos, lo que le permitió entre
otras cosas hacerse pasar por periodista y hasta conseguir un carné falso con
el que de vez en cuando entra gratis a un museo o algún espectáculo musical.
Aunque
en realidad lo que a Nora le encantaría es haber sido periodista de verdad, si
hubiera podido. Se encargaría de los anuncios de las inmobiliarias, con esas
impresionantes descripciones de los apartamentos y casas, rebuscadas,
exageradas, casi poéticas.
Eso,
y las necrológicas, que eran su pasión. Le encantaría escribir extensas notas
que hablaran sobre las bondades del difunto, con detalles de vida y obra,
exaltando virtudes y minimizando defectos. Eso sería un verdadero salto en su
vida, pensaba.
Fue
un tórrido día de verano, de esos en los que apenas se puede respirar, que tuvo
una idea. Estaba en pleno reparto, cuando la sintió aparecer, crecer y hacer
fuerza para manifestarse. Así eran sus ideas.
Torció
ligeramente a la derecha, y se dirigió a la plaza, frente a la cual estaba la
funeraria del pueblo. Tenía un plan perfecto para dar el primer paso en lo que
sería su nueva vida. El mundo iba a conocer a Nora Andrade, ya iban a ver.
Estacionó
en el sector reservado a las motos, sacó un chocolate de los que solía llevar
en la cartera, se acomodó su estrecha falda de cuero negro, a tono con sus
botas altas, se alisó su melena, y acariciando la moto se dirigió a paso firme
a la Funeraria El Descanso.
-Ya
vuelvo, mi amor-le dijo- Espérame acá, voy a conquistar el mundo.
Entró
a paso firme a la oficina, donde una aburrida funcionaria se abanicaba
frenética.
-Buenos
días, vengo a redactar un aviso fúnebre. Ustedes se encargan de eso ¿verdad?
-Buen
día señorita, efectivamente. Se publica en el Diario Oficial y en un diario de
circulación masiva.
-Bien,
escriba entonces lo que le voy a dictar: Con profundo pesar comunicamos la
lamentable desaparición física de quien fuera una de las más eminentes letras
del departamento, la destacada periodista Nora Andrade. Su esposo Alejandro,
sus numerosos lectores, y el mundo de las letras y el periodismo pierden a una
de las más influyentes plumas de nuestro tiempo.
-Bien,
¿algo más?
-Si,
hágalo llegar a todos los diarios que circulen por acá. Y mande un cadete a
esta dirección, por favor. Muchas gracias.
Salió
rumbo a la plaza, a acariciar el espejo de la moto mientras pensaba en voz alta
que creamos lo que creemos. Si era verdad eso que decían, sólo era cuestión de
esperar. No importaba que hubiera un desfasaje en el tiempo y el espacio. Algún
día iba a morir, de eso no tenía duda. ¿Y quien mejor que ella misma para
redactar su necrológica? Sus padres la habían abandonado en la puerta de la
iglesia antes de cumplir un mes. No tenía pareja, ni hijos, ni nada que la
atara. Sólo Alejandro, que algún día se daría por enterado y se casaría con
ella. Pero había tiempo para eso. Ahora tenía que llenar el tanque, armar una
mochila y salir a la ruta.
-Nadie
es famoso en su tierra, y menos antes de morir - pensó.
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