domingo, 14 de diciembre de 2025

MENSAJERÍA LA ESPERANZA

 

Mensajería La Esperanza

 

 Nora Andrade no sabe muy bien por qué sigue todavía trabajando en la agencia de mensajería. Tal vez sea porque está enamorada secretamente de Alejandro, el informático. En realidad, ella piensa que secretamente, aunque toda la agencia lo sospecha. Y Alejandro tiene la absoluta certeza.

Tal vez sea porque, después de todo, su puesto de repartidora no está tan mal. Le permite estar todo el día en la calle en su moto, a la que adora y con la que tiene una relación amistosa, confidente, intima. La lava, la encera, la cuida más de lo que nadie la cuidó a ella misma, nunca.

El salario de la mensajería no es gran cosa, pero Nora se aferra a él, con la esperanza de poder cumplir su sueño de viajar y conocer otros países. Aún no tiene los medios suficientes, pero ya llegará el momento.

Mientras tanto anda en la calle, conoce gente y hace contactos, lo que le permitió entre otras cosas hacerse pasar por periodista y hasta conseguir un carné falso con el que de vez en cuando entra gratis a un museo o algún espectáculo musical.

Aunque en realidad lo que a Nora le encantaría es haber sido periodista de verdad, si hubiera podido. Se encargaría de los anuncios de las inmobiliarias, con esas impresionantes descripciones de los apartamentos y casas, rebuscadas, exageradas, casi poéticas.

Eso, y las necrológicas, que eran su pasión. Le encantaría escribir extensas notas que hablaran sobre las bondades del difunto, con detalles de vida y obra, exaltando virtudes y minimizando defectos. Eso sería un verdadero salto en su vida, pensaba.

Fue un tórrido día de verano, de esos en los que apenas se puede respirar, que tuvo una idea. Estaba en pleno reparto, cuando la sintió aparecer, crecer y hacer fuerza para manifestarse. Así eran sus ideas.

Torció ligeramente a la derecha, y se dirigió a la plaza, frente a la cual estaba la funeraria del pueblo. Tenía un plan perfecto para dar el primer paso en lo que sería su nueva vida. El mundo iba a conocer a Nora Andrade, ya iban a ver.

Estacionó en el sector reservado a las motos, sacó un chocolate de los que solía llevar en la cartera, se acomodó su estrecha falda de cuero negro, a tono con sus botas altas, se alisó su melena, y acariciando la moto se dirigió a paso firme a la Funeraria El Descanso.

-Ya vuelvo, mi amor-le dijo- Espérame acá, voy a conquistar el mundo.

Entró a paso firme a la oficina, donde una aburrida funcionaria se abanicaba frenética.

-Buenos días, vengo a redactar un aviso fúnebre. Ustedes se encargan de eso ¿verdad?

-Buen día señorita, efectivamente. Se publica en el Diario Oficial y en un diario de circulación masiva.

-Bien, escriba entonces lo que le voy a dictar: Con profundo pesar comunicamos la lamentable desaparición física de quien fuera una de las más eminentes letras del departamento, la destacada periodista Nora Andrade. Su esposo Alejandro, sus numerosos lectores, y el mundo de las letras y el periodismo pierden a una de las más influyentes plumas de nuestro tiempo.

-Bien, ¿algo más?

-Si, hágalo llegar a todos los diarios que circulen por acá. Y mande un cadete a esta dirección, por favor. Muchas gracias.

Salió rumbo a la plaza, a acariciar el espejo de la moto mientras pensaba en voz alta que creamos lo que creemos. Si era verdad eso que decían, sólo era cuestión de esperar. No importaba que hubiera un desfasaje en el tiempo y el espacio. Algún día iba a morir, de eso no tenía duda. ¿Y quien mejor que ella misma para redactar su necrológica? Sus padres la habían abandonado en la puerta de la iglesia antes de cumplir un mes. No tenía pareja, ni hijos, ni nada que la atara. Sólo Alejandro, que algún día se daría por enterado y se casaría con ella. Pero había tiempo para eso. Ahora tenía que llenar el tanque, armar una mochila y salir a la ruta.

-Nadie es famoso en su tierra, y menos antes de morir - pensó.

 

 

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