Refugiarse algunas veces, aventurarse otras, y otras sólo dejar que la magia suceda. Invitar a vivir otras fiestas, a soñar otros sueños, a creer en lo increíble. De eso se trata, de todo eso y nada más que eso.
lunes, 20 de abril de 2026
ILUMINACIÓN
ILUMINACIÓN
John no era un turista común. Ni siquiera le gustaba definirse como tal. Él era un viajero
espiritual. Así lo sentía, por lo menos. Tenía 30 años y viajaba hacía 7.
Había estado en ceremonias de ayahuasca en Perú, en temazcales en Nuevo México, y
experimentado con el peyote en el desierto de Atacama.
Su formación como instructor de yoga no le impedía continuar con su búsqueda. Estudioso y
dedicado, había leído los clásicos de casi todas las religiones conocidas, desde la Torá hasta
la Biblia, pasando por el Bhagavad Gitá y el Tao Te King.
Decidido a trascender las limitaciones del cuerpo, se había sometido voluntariamente a
grandes privaciones. Había ayunado casi hasta desfallecer, había meditado horas y horas en
retiros de Vipassana, y hasta había aprendido a soportar estoicamente el frio y el calor
extremos. Decía que eran pequeños desafíos para producir grandes cambios. Valían la pena.
Nunca quiso seguir dogmas, y en su frenético peregrinar convivió con budistas en el Tibet,
limpiando los baños del templo; se inició en Reiki en el mismisimo Japón y aprendió rituales
chamánicos en una remota aldea del Amazonas.
Finalmente llegó el momento anhelado. Un dia cualquiera empezó a sentirse diferente. Más
leve, más enfocado. Sentía su cuerpo vibrar bajo sus blancas ropas de lino.
Ya nada le preocupaba. Había tenido su propio satori, había alcanzado el nirvana. No sufría de
hambre, ni de sueño, ni de frío. No necesitaba nada para ser feliz. Había logrado la paz interior.
Entonces, un buen día, resolvió finalmente regresar a su ciudad natal, para esparcir su luz.
Y volvió a su vida anterior, y volvió a su rutina, y volvió a convivir con su familia.
Fue allí, finalmente, donde pudo descansar de su largo viaje. En la mirada de su abuela
encontró la tranquila sabiduría de la paciencia, en las manos rugosas de su abuelo vió el
sacrificio y las privaciones, en la comida de su madre estaba el alimento que necesitaba, en las
largas conversaciones con su padre estaba la paz interior fruto del encuentro.
En esa vieja casa donde transcurrió su infancia y donde se gestaron sus sueños, entendió que
la sabiduría no está en seguir caminos ya trazados sino en caminar el suyo propio, que el saber
no se encuentra en libros ni en maestros, sino en la propia experiencia, que de nada valen las
privaciones del cuerpo si no miramos con compasión las heridas del alma.
Y fue allí, precisamente, donde recibió más sorpresas en el camino de la iluminación.
NOTICIAS
NOTICIAS
La noticia demoró un par de dias en llegar a los diarios y los informativos.
En grandes y sensacionalistas titulares aparecia: El fuego lamió las paredes, y se fue tragando
las imágenes de la tragedia.
Liliana había estado leyendo hasta tarde, y entró corriendo a hacer la cena antes de que
llegara Julián. Una frase había quedado resonando en su cabeza: Son necesarias las
transformaciones silenciosas que nos hacen salir de nosotros mismos.
Apurada, cocinó, preparó la mesa y lo esperó con todo pronto. Sabía que él llegaría cansado y
de mal humor. Lo conocía muy bien.
Cuando él llegó a su casa, fumó el último cigarrillo en la penumbra, con los codos apoyados en
la mesa; entonces ella recordó que aquella era la postura que solía adoptar su padre.
Para entonces, la cena se había enfriado, irremediablemente.
Entonces él caminó hacia ella, y tenía los ojos de esmeralda y la áspera pelambre y el olor de
un macho cabrío.
- Esta porquería está fría- soltó- y hasta mal hecha está.
- El mundo está mal hecho- murmuró ella.
- ¿Cuántas veces la misma escena? Será que no servís para nada, mismo? Al final que
esperás? Que trabaje todo el día para venir a comer esta mierda?
Lo que iba a pasar después, ella ya lo sabía.
- Una tiene sus sueños, cosas suyas, íntimas, y después la vida no quiere seguir jugando
contigo, y te lo desmonta, un instante, una frase, y todo se desvanece. Suele ocurrir-pensó.
Cuando todo terminó, una eternidad después, y justo antes de dormirse, Julian sentenció:
- Así será mi matrimonio. No les alcanzará la vida para contarlo.
Liliana ya no lo escuchaba. Sólo escuchaba aquella frase en su cabeza: son necesarias las
transformaciones silenciosas…
Así que hizo lo que tendría que haber hecho hacía mucho tiempo. Silenciosamente.
Al salir de la cabaña, las aguas eran plácidas, todo estaba en calma y las nevadas montañas,
los palacios de la naturaleza, no habían cambiado.
Se fue caminando despacio, sintiendo el crepitar tras de si.
No tenía apuro. Las noticias, en ese páramo, siempre demoraban un par de dias en llegar.
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