miércoles, 13 de mayo de 2026

CRISIS

 Estaba nervioso. Nervioso y apurado. Diría que muy ansioso, incluso. Tenía que preparar un parcial, escribir un artículo, participar de una formación intensiva de cuatro días, e irse de viaje enseguida. Tenía las maletas a medio hacer. Todo a medio hacer. No podía más. Se tiró sobre la cama y cerró fuerte los ojos.

Entró en crisis. Gritó, impotente para hacer todo eso, y todo a la vez. Gritó otra vez. Y entonces se dió cuenta. No había escuchado su propio grito. Probó a gritar otra vez. Nada.

El siguiente grito fue de desesperación, llamando a su esposa. 

  • ¿Qué te pasa? ¡no grites tanto! ¡calmate!- protestó ella- Ya vengo…

Nada. Sólo notó que su esposa gesticulaba, fruncía el ceño y se alejaba. No escuchó la puerta, pero sintió la vibración, fuerte. Ella se había ido y había golpeado la puerta.

Trató de calmarse, de respirar profundo y lento, como le habían enseñado. Sólo consiguió ponerse más nervioso, ya que no oía su respiración. Sólo la sentía. 

 Entonces tomó una decisión. Tenía que seguir adelante con sus preparativos, sin enloquecer a su esposa. Ella no se lo merecía. Y él podía salir adelante. Si se calmaba, claro. Había leído que en situaciones de estrés el cerebro podía reaccionar bloqueando uno de los sentidos, como para protegerse. No era tan grave. Ya iba a pasar.

 Se encaminó al pasillo y vio la luz indicadora del equipo de música. Entonces notó que estaba encendido. Lo apagó, no sin antes sacar el disco de Santana que aún seguía girando. Por un instante temió no volver a escucharlo más, pasando la mano suavemente por los surcos del vinilo.

 El teléfono móvil, sobre la mesa, se iluminó. Era su esposa. Una llamada. 

  • ¿Qué hago?-pensó. 

No fue difícil darse cuenta de que no iba a poder atender. Tomó el celular y escribió:

  • No puedo hablar ahora. Mándame un mensaje de texto. Gracias

No pudo leer la respuesta, porque  un intenso olor a quemado le hizo acordar de que había puesto una caldera para tomar unos mates antes de salir. El agua se había evaporado y la caldera, cansada de chiflar, estaba casi al rojo vivo. 

 Entró en pánico. Gritó de nuevo. Y despertó. 

 


lunes, 20 de abril de 2026

ILUMINACIÓN



ILUMINACIÓN

John no era un turista común. Ni siquiera le gustaba definirse como tal. Él era un viajero

espiritual. Así lo sentía, por lo menos. Tenía 30 años y viajaba hacía 7.

Había estado en ceremonias de ayahuasca en Perú, en temazcales en Nuevo México, y

experimentado con el peyote en el desierto de Atacama.

Su formación como instructor de yoga no le impedía continuar con su búsqueda. Estudioso y

dedicado, había leído los clásicos de casi todas las religiones conocidas, desde la Torá hasta

la Biblia, pasando por el Bhagavad Gitá y el Tao Te King.

Decidido a trascender las limitaciones del cuerpo, se había sometido voluntariamente a

grandes privaciones. Había ayunado casi hasta desfallecer, había meditado horas y horas en

retiros de Vipassana, y hasta había aprendido a soportar estoicamente el frio y el calor

extremos. Decía que eran pequeños desafíos para producir grandes cambios. Valían la pena.

Nunca quiso seguir dogmas, y en su frenético peregrinar convivió con budistas en el Tibet,

limpiando los baños del templo; se inició en Reiki en el mismisimo Japón y aprendió rituales

chamánicos en una remota aldea del Amazonas.

Finalmente llegó el momento anhelado. Un dia cualquiera empezó a sentirse diferente. Más

leve, más enfocado. Sentía su cuerpo vibrar bajo sus blancas ropas de lino.

Ya nada le preocupaba. Había tenido su propio satori, había alcanzado el nirvana. No sufría de

hambre, ni de sueño, ni de frío. No necesitaba nada para ser feliz. Había logrado la paz interior.

Entonces, un buen día, resolvió finalmente regresar a su ciudad natal, para esparcir su luz.

Y volvió a su vida anterior, y volvió a su rutina, y volvió a convivir con su familia.

Fue allí, finalmente, donde pudo descansar de su largo viaje. En la mirada de su abuela

encontró la tranquila sabiduría de la paciencia, en las manos rugosas de su abuelo vió el

sacrificio y las privaciones, en la comida de su madre estaba el alimento que necesitaba, en las

largas conversaciones con su padre estaba la paz interior fruto del encuentro.

En esa vieja casa donde transcurrió su infancia y donde se gestaron sus sueños, entendió que

la sabiduría no está en seguir caminos ya trazados sino en caminar el suyo propio, que el saber

no se encuentra en libros ni en maestros, sino en la propia experiencia, que de nada valen las

privaciones del cuerpo si no miramos con compasión las heridas del alma.

Y fue allí, precisamente, donde recibió más sorpresas en el camino de la iluminación.

NOTICIAS



NOTICIAS

La noticia demoró un par de dias en llegar a los diarios y los informativos.

En grandes y sensacionalistas titulares aparecia: El fuego lamió las paredes, y se fue tragando

las imágenes de la tragedia.

Liliana había estado leyendo hasta tarde, y entró corriendo a hacer la cena antes de que

llegara Julián. Una frase había quedado resonando en su cabeza: Son necesarias las

transformaciones silenciosas que nos hacen salir de nosotros mismos.

Apurada, cocinó, preparó la mesa y lo esperó con todo pronto. Sabía que él llegaría cansado y

de mal humor. Lo conocía muy bien.

Cuando él llegó a su casa, fumó el último cigarrillo en la penumbra, con los codos apoyados en

la mesa; entonces ella recordó que aquella era la postura que solía adoptar su padre.

Para entonces, la cena se había enfriado, irremediablemente.

Entonces él caminó hacia ella, y tenía los ojos de esmeralda y la áspera pelambre y el olor de

un macho cabrío.

- Esta porquería está fría- soltó- y hasta mal hecha está.

- El mundo está mal hecho- murmuró ella.

- ¿Cuántas veces la misma escena? Será que no servís para nada, mismo? Al final que

esperás? Que trabaje todo el día para venir a comer esta mierda?

Lo que iba a pasar después, ella ya lo sabía.

- Una tiene sus sueños, cosas suyas, íntimas, y después la vida no quiere seguir jugando

contigo, y te lo desmonta, un instante, una frase, y todo se desvanece. Suele ocurrir-pensó.

Cuando todo terminó, una eternidad después, y justo antes de dormirse, Julian sentenció:

- Así será mi matrimonio. No les alcanzará la vida para contarlo.

Liliana ya no lo escuchaba. Sólo escuchaba aquella frase en su cabeza: son necesarias las

transformaciones silenciosas…

Así que hizo lo que tendría que haber hecho hacía mucho tiempo. Silenciosamente.

Al salir de la cabaña, las aguas eran plácidas, todo estaba en calma y las nevadas montañas,

los palacios de la naturaleza, no habían cambiado.

Se fue caminando despacio, sintiendo el crepitar tras de si.

No tenía apuro. Las noticias, en ese páramo, siempre demoraban un par de dias en llegar.