Estaba nervioso. Nervioso y apurado. Diría que muy ansioso, incluso. Tenía que preparar un parcial, escribir un artículo, participar de una formación intensiva de cuatro días, e irse de viaje enseguida. Tenía las maletas a medio hacer. Todo a medio hacer. No podía más. Se tiró sobre la cama y cerró fuerte los ojos.
Entró en crisis. Gritó, impotente para hacer todo eso, y todo a la vez. Gritó otra vez. Y entonces se dió cuenta. No había escuchado su propio grito. Probó a gritar otra vez. Nada.
El siguiente grito fue de desesperación, llamando a su esposa.
¿Qué te pasa? ¡no grites tanto! ¡calmate!- protestó ella- Ya vengo…
Nada. Sólo notó que su esposa gesticulaba, fruncía el ceño y se alejaba. No escuchó la puerta, pero sintió la vibración, fuerte. Ella se había ido y había golpeado la puerta.
Trató de calmarse, de respirar profundo y lento, como le habían enseñado. Sólo consiguió ponerse más nervioso, ya que no oía su respiración. Sólo la sentía.
Entonces tomó una decisión. Tenía que seguir adelante con sus preparativos, sin enloquecer a su esposa. Ella no se lo merecía. Y él podía salir adelante. Si se calmaba, claro. Había leído que en situaciones de estrés el cerebro podía reaccionar bloqueando uno de los sentidos, como para protegerse. No era tan grave. Ya iba a pasar.
Se encaminó al pasillo y vio la luz indicadora del equipo de música. Entonces notó que estaba encendido. Lo apagó, no sin antes sacar el disco de Santana que aún seguía girando. Por un instante temió no volver a escucharlo más, pasando la mano suavemente por los surcos del vinilo.
El teléfono móvil, sobre la mesa, se iluminó. Era su esposa. Una llamada.
¿Qué hago?-pensó.
No fue difícil darse cuenta de que no iba a poder atender. Tomó el celular y escribió:
No puedo hablar ahora. Mándame un mensaje de texto. Gracias
No pudo leer la respuesta, porque un intenso olor a quemado le hizo acordar de que había puesto una caldera para tomar unos mates antes de salir. El agua se había evaporado y la caldera, cansada de chiflar, estaba casi al rojo vivo.
Entró en pánico. Gritó de nuevo. Y despertó.
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