domingo, 1 de junio de 2025

EL ARMARIO DE LAS FOTOS

 

EL ARMARIO DE LAS FOTOS

 Yo no pertenecía a esa familia. Bueno, en apariencia. En realidad, sí pertenecía por derecho propio: me había casado con una de las hijas del matrimonio. La mayor, para ser más exactos.

 Pero un observador externo hubiera jurado que no, que yo no pertenecía.

La explicación es muy sencilla, y paso a darla a continuación. Como en toda casa de familia, sobre todo de aquellas que son numerosas, con muchos hijos, nietos, yernos y nueras, existía en la casa un aparador, armario, trinchante, o como quieran llamarle. En el mismo aparecían, sin un riguroso orden cronológico, pero aparecían, fotos de todos los miembros de la familia.

Allí estaban dos de sus hijos con sus parejas, el hijo de una de ellas, y el vientre albergando a otro de los nietos. Todos sonríen a la cámara, felices.

En otra, más a la derecha, aparece la madre de familia rodeada por sus hijos e hijas, a la sombra de un árbol emblemático del parque.

Hacia la otra punta, en un marco dorado, aparece la primera nieta con su esposo en algún lugar lejano de Europa.

Y más acá, o más allá, van apareciendo las dos hijas, los tres hijos, sus parejas, la nieta mayor, los nietos más pequeños, y hasta la mascota de la familia, un viejo labrador negro.

El único que no aparecía era yo. No existía. O por lo menos, no existía en el armario.

Ahora bien, entiendo que se preguntarán por qué. Yo también me lo pregunto. Yo no lo sabía ni lo entendía. Tenía una buena relación con mis suegros, con mis cuñados y cuñadas, me llevaba bien con todo el mundo. Tal vez fuera por mi apariencia física, por mis grandes orejas y mi aire desgarbado. Tal vez el motivo pudiera ser mi falta de título universitario, o algo así. Nunca lo supe, ni me molesté en preguntar.

Pero un buen día, de esos que marcan un punto de inflexión en la vida de las personas, un día signado por el destino, en fin, me propuse formar parte de la galería fotográfica de la familia. Haría lo que fuera necesario para lograrlo. Me lo merecía, y no iba a renunciar a ese derecho.

Entonces fue que empecé con mi viaje del héroe personal, mi propósito en la vida. Escribí un libro con historias familiares, aprendí a cocinar y a deshuesar un cordero, me convertí en un atento escuchador de anécdotas, mejoré mi técnica de lavado de vajilla y modifiqué mi forma de colgar la ropa.

Nada. Ni una foto carnet. Nada

Entonces empecé a prestarle libros a mi suegra, a elogiarle la comida, a ayudarla con la tecnología. Y a mi suegro le averiguaba todo lo que me pedía, le buscaba información, le pasaba enlaces, audios, mensajes, le festejaba todos los chistes… nada… Ni siquiera me respondía. Así que ni pensar en formar parte de la fototeca familiar.

Estaba realmente desesperado. Mi presencia en ese estante era algo en lo que me iba la vida. Si. Estaba obsesionado.

Entonces empecé a tramar la urdimbre que me llevaría finalmente a lograr tan preciado galardón.

El plan era simple, no podía fallar. Si bien no era el plan perfecto, yo había estudiado hasta el más mínimo detalle, sin dejar ninguno librado al azar.   

Los invitaría a cenar a casa, y yo personalmente me encargaría de todo. Ambientación oriental con cortinados, lámparas turcas, incienso, música árabe, y almohadones por doquier. De entrada, berenjena ahumada en paté y pan árabe. De segundo plato, haría con mis propias manos unos exquisitos lehmeyun, que a mis suegros les encantaba.  Todo regado con un vino turco que ya había visto para comprar por internet. De postre, un impresionante baklava y una copita de Raki.

Era un plan endemoniadamente perfecto. Si no los conquistaba con eso, me daría por vencido. De ahí, al salón familiar de la fama. Es decir, al mueble del living. Ya imaginaba mi foto, abrazado a su hija, mi esposa, inmortalizados en madera y vidrio.

El siguiente fin de semana puse inmediatamente manos a la obra: le dije a mi esposa que se fuera a pasar el día con los padres, que yo me encargaba de todo. Compré el vino y el raki en una tienda online y arreglé para que me lo entregaran el mismo día. Puse a leudar la masa para los lehmeyun, preparé las berenjenas, organicé todo, mientras seleccionaba mi mejor playlist de música turca. Aroma a incienso perfumaba el ambiente, mezclándose con la sutileza de la berenjena ahumada.

Quedó im pre sio nan te!!  Humildemente, parecía una escena del Gran Bazar. Era como entrar a la milenaria Constantinopla. Hasta una alfombra turca conseguí con mi prima. Me consagré. Lo iba a lograr. Estaba exultante, radiante, feliz.

Vestí mis mejores ropas, de lino blanco y me calcé unas sandalias rojas que había traído de mi último viaje, de esas que tienen la punta doblada hacia arriba, como las de Aladino. De hecho, yo parecía Aladino. Y partí raudo, veloz a la casa de mis suegros, a buscarlos para traerlos a cenar.

Lo que vi cuando entré a la casa no puedo explicarlo con palabras. Mi esposa me miraba con ojos enormes, mezcla de espanto, sorpresa e incredulidad, mientras intentaba esconder una caja de cartón de la que sobresalían algunos portarretratos.

 Mi suegra despachaba a dos muchachos venezolanos que se iban, felices, en un camión de mudanzas con un bulto enorme en la caja.

En el living, mi suegro. Con una sonrisa de oreja a oreja me miraba y señalaba la televisión de 50 pulgadas que brillaba, flamante y majestuosa, en el lugar que antes ocupaba el armario de las fotos.

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