martes, 23 de diciembre de 2025

EL DIA EN QUE MATÉ A UNA VIEJA

Mi nombre es Leonardo, y un día maté a una vieja. No fue mi culpa, sino del destino. Fue sin querer.

Yo me estaba bañando porque tenía una cita a la que quería ir bien bonito, afeitado y perfumado. Pero se me hacía tarde, como siempre que me quedo dando vueltas y vueltas, como una barboleta. Es que me ponen muy ansioso las citas. ¿Qué le voy a hacer?

Pero esa vez la culpa fue de mi hermano Beto, que no salía nunca más del baño. Vivíamos juntos, y su actividad favorita era molestarme. Yo creo que lo hacía de gusto. Cuanto más apurado estaba yo, más demoraba él en el baño. Odiaba eso. Lo odiaba a él. 

Vivíamos en pleno centro, en una calle muy transitada, en el tercer piso de un edificio antiguo, revestido de ladrillos, justo en una esquina. Abajo había algunos locales comerciales, que pertenecían al mismo edificio; una ferretería, una carnicería y una peluquería.

Ese día, como decía, yo estaba super apurado, además de ansioso y nervioso por mi cita. Cuando el pesado de mi hermano finalmente se decidió a salir, entré corriendo al baño. Me acuerdo como si fuera hoy. Un día de mucho calor. Creo que era enero, o febrero. No, era enero. Me acuerdo porque yo estaba de licencia.

Entré corriendo al baño, me enjaboné, y mientras cerraba los ojos tarareaba Like a Virgin, mi canción favorita por ese entonces. Madonna era mi ídola absoluta. El agua corría por mi cuerpo, yo iba aflojando tensiones, ojos cerrados, Madonna, ¡¡qué lindo!!

 Cuando quise acordar, se me estaba terminando el agua. Al instante me convencí de que mi hermano había abierto la canilla de la cocina, sólo para molestarme.  Abrí los ojos y no se veía nada adentro de ese baño. No alcanzaba ni a verme las manos. Me saqué el jabón de los ojos como pude y empujé con todas mis fuerzas la banderola, para que se fuera un poco el vapor por lo menos. Era la solución más rápida, porque ir hasta la puerta y abrirla podía significar un resbalón, y no iba a arriesgarme a eso.

La banderola no sólo estaba cerrada. Estaba trancada. Y yo no lo sabía. Entonces empujé una vez, dos veces, tres veces, y la banderola voló por los aires, con marco y todo.

La sentí volar, la visualicé, la intuí. ¡Tres pisos son como diez metros! -calculé. 

Instantes después, que parecieron eternos, escuché un ruido sordo. Detrás de mí, la roseta de la ducha goteaba rítmicamente. El tiempo se detuvo. Mi respiración también.

¡¡¡Maté una vieja!!! ¿Qué hago ahora? ¿Y mi cita? ¿Cómo arreglo esto? - me preguntaba mientras me envolvía rápidamente en la primera toalla que agarré. 

Si llega la policía, por lo menos que me encuentre vestido-pensé.

Las lágrimas se mezclaban con el agua y el jabón. Yo temblaba mientras me aprestaba a bajar las escaleras semidesnudo. Por suerte demoré en encontrar las llaves, esperando escuchar las sirenas y los gritos en cualquier momento. 

Pero no. Y eso fue lo que me llamó la atención: el silencio. No había gritos, ni sirenas, ni llantos, nada. 

Acerqué el banquito de la abuela al baño, y muy despacito comencé a asomarme, agarrado de los bordes del agujero donde antes estaba la banderola. 

Lo que vi me dejó sin habla. La vida seguía allá abajo. No había ambulancias, ni policías, ni curiosos. Sólo el cartel de la ferretería en la vereda. Y unos metros más arriba, descansando sobre el toldo de la carnicería, la banderola del baño, intacta.

En ese mismo instante tomé tres decisiones que cambiarían mi vida para siempre. Cancelé la cita, llamé a un albañil para que recolocara la banderola, y dejé de escuchar a Madonna. Yo creo que me trae mala suerte.


domingo, 14 de diciembre de 2025

MENSAJERÍA LA ESPERANZA

 

Mensajería La Esperanza

 

 Nora Andrade no sabe muy bien por qué sigue todavía trabajando en la agencia de mensajería. Tal vez sea porque está enamorada secretamente de Alejandro, el informático. En realidad, ella piensa que secretamente, aunque toda la agencia lo sospecha. Y Alejandro tiene la absoluta certeza.

Tal vez sea porque, después de todo, su puesto de repartidora no está tan mal. Le permite estar todo el día en la calle en su moto, a la que adora y con la que tiene una relación amistosa, confidente, intima. La lava, la encera, la cuida más de lo que nadie la cuidó a ella misma, nunca.

El salario de la mensajería no es gran cosa, pero Nora se aferra a él, con la esperanza de poder cumplir su sueño de viajar y conocer otros países. Aún no tiene los medios suficientes, pero ya llegará el momento.

Mientras tanto anda en la calle, conoce gente y hace contactos, lo que le permitió entre otras cosas hacerse pasar por periodista y hasta conseguir un carné falso con el que de vez en cuando entra gratis a un museo o algún espectáculo musical.

Aunque en realidad lo que a Nora le encantaría es haber sido periodista de verdad, si hubiera podido. Se encargaría de los anuncios de las inmobiliarias, con esas impresionantes descripciones de los apartamentos y casas, rebuscadas, exageradas, casi poéticas.

Eso, y las necrológicas, que eran su pasión. Le encantaría escribir extensas notas que hablaran sobre las bondades del difunto, con detalles de vida y obra, exaltando virtudes y minimizando defectos. Eso sería un verdadero salto en su vida, pensaba.

Fue un tórrido día de verano, de esos en los que apenas se puede respirar, que tuvo una idea. Estaba en pleno reparto, cuando la sintió aparecer, crecer y hacer fuerza para manifestarse. Así eran sus ideas.

Torció ligeramente a la derecha, y se dirigió a la plaza, frente a la cual estaba la funeraria del pueblo. Tenía un plan perfecto para dar el primer paso en lo que sería su nueva vida. El mundo iba a conocer a Nora Andrade, ya iban a ver.

Estacionó en el sector reservado a las motos, sacó un chocolate de los que solía llevar en la cartera, se acomodó su estrecha falda de cuero negro, a tono con sus botas altas, se alisó su melena, y acariciando la moto se dirigió a paso firme a la Funeraria El Descanso.

-Ya vuelvo, mi amor-le dijo- Espérame acá, voy a conquistar el mundo.

Entró a paso firme a la oficina, donde una aburrida funcionaria se abanicaba frenética.

-Buenos días, vengo a redactar un aviso fúnebre. Ustedes se encargan de eso ¿verdad?

-Buen día señorita, efectivamente. Se publica en el Diario Oficial y en un diario de circulación masiva.

-Bien, escriba entonces lo que le voy a dictar: Con profundo pesar comunicamos la lamentable desaparición física de quien fuera una de las más eminentes letras del departamento, la destacada periodista Nora Andrade. Su esposo Alejandro, sus numerosos lectores, y el mundo de las letras y el periodismo pierden a una de las más influyentes plumas de nuestro tiempo.

-Bien, ¿algo más?

-Si, hágalo llegar a todos los diarios que circulen por acá. Y mande un cadete a esta dirección, por favor. Muchas gracias.

Salió rumbo a la plaza, a acariciar el espejo de la moto mientras pensaba en voz alta que creamos lo que creemos. Si era verdad eso que decían, sólo era cuestión de esperar. No importaba que hubiera un desfasaje en el tiempo y el espacio. Algún día iba a morir, de eso no tenía duda. ¿Y quien mejor que ella misma para redactar su necrológica? Sus padres la habían abandonado en la puerta de la iglesia antes de cumplir un mes. No tenía pareja, ni hijos, ni nada que la atara. Sólo Alejandro, que algún día se daría por enterado y se casaría con ella. Pero había tiempo para eso. Ahora tenía que llenar el tanque, armar una mochila y salir a la ruta.

-Nadie es famoso en su tierra, y menos antes de morir - pensó.

 

 

O SENHOR EDSON

Lo conocí en una Unidad de Pronto Atendimento, a la que había ido a hacerse unos exámenes de rutina. Estaban a punto de diagnosticarle un cáncer de pulmón, aunque él aún no lo sabía. 

 Flaco, encorvado y elegante, pantalón de lino, camisa del mismo material, sombrero al tono, y mirada de quien ya lo ha visto todo y está cansado. Miraba jugar a una niña en brazos de su madre, y parecía que sus ojos sonreían, apenas.

 Edson Silva Dos Santos era el único hijo del Dr. Severino Dos Santos y de Doña Clovinda Silva y, como tal, heredero de la fortuna de su padre, acaudalado médico de Sao Paulo y relacionado siempre con el poder de turno. 

 De todos modos, nunca heredaría esa cuantiosa fortuna, ya que había sido desheredado por su padre el día que huyó de su casa y de un futuro predecible, exitoso y aburrido. 

 Tenía 18 años cuando se subió a aquel fusca pintado con flores de colores, y símbolos hippies. No iba sólo. Viajaban con él la música de Jorge Ben Jor y Raúl Seixas, la psicodelia, su guitarra, algo de maconha, y Angela, una morena que le sacaba varios años de vida y experiencia.

 Edson era joven, impetuoso e inconformista. Fue mochilero por la BR101, artesano en Florianópolis, artista plástico en Rio, aspirante a escritor en Jericoacoara, y carnavalero en Olinda, entre otros oficios poco ortodoxos.

 Nunca volvió a ver a sus padres, y nunca se arrepintió de haberse ido porque, aseguró, no hay crecimiento sin culpa.

 Nos hicimos amigos, si es que se les puede decir así a quienes comparten algunas palabras y muchas copas en los bares de Recife.

 Yo hacía muchas preguntas, tal vez por mi antiguo oficio de periodista, y él hablaba poco. Solía mirar por encima del vaso, terminar su trago, apoyar solemnemente el vaso en la mesa y contestar con monosílabos.

Nunca lo vi enojado. Aceptaba con estoica calma todo lo que sucedía a su alrededor. La demora del mozo, la demora de los resultados de sus análisis, la lluvia, el paso del tiempo.

 Una vez, bastante borrachos ambos, me confesó que andaba por ahí una hija suya, quién sabe dónde. Y me miró con los ojos inundados.

-A saudade dói, ¿viu?

 

-Eu sei, amigão. Eu sei.

 

Y los dos miramos para otro lado, porque cualquiera sabe que los hombres no lloran.

Él fue el primero en romper el silencio, al cabo de un buen rato.

-Tuve una hija, hace mucho tiempo, ¿sabe? Había conocido a una gringa en Florianópolis, una vez que fuimos a tocar unas músicas con unos amigos, a Santo Antonio. Ella era holandesa, flaca, alta, inteligente, bohemia y artista. Nos conocimos, nos apasionamos, y fuimos bastante felices, ¿sabe? Pero la aventura terminó al poco tiempo, por cosas de la vida. Y al poco tiempo conseguí un contrato con la banda para tocar en Ilha Grande, a través de un antiguo amigo de mi padre. Cuando me fui a despedir, me dijo que estaba embarazada. Recién ahí, amigo, cuando estaba por irme. Me estaba yendo, ya. ¿Puede creer? Estaba de cinco meses, y no fue capaz de decirme antes… Yo hubiera hecho algo, no sé. Me hubiera quedado, tal vez. Podría haber conseguido trabajo, capaz. Está bien que las cosas entre nosotros se hayan terminado, ¡pero era una hija! ¡Me tendría que haber avisado antes!

 

Edson hizo una pausa, armó un tabaco y le dio otro sorbo al vaso antes de continuar…

 

-Mucho tiempo después, pasé por Floripa, ¿sabe? Me arrimé a Santo Antonio con la esperanza y el miedo de ver qué había acontecido. Ahí fue cuando me enteré que había nacido una niña, a la que le habían puesto de nombre Vitoria, y que había vuelto a Holanda con ella. Nadie supo decirme más nada. Ni cómo encontrarla, ni dónde, ni si había dejado algún teléfono o alguna dirección, o algo. Nada. Había desaparecido, y mi esperanza de conocer a mi hija había desaparecido con ella… Hasta el día de hoy. ¿sabe amigo? Hasta el día de hoy cada vez que veo una menina, no puedo dejar de pensar en ella. Y eso que he seguido viviendo, ¿eh? He recorrido medio Brasil, he hecho de todo, pero no he podido olvidarme de esa niña a la que nunca conocí. A veces pienso que es el castigo por haber abandonado yo mismo a mis padres, por no haber vuelto nunca más a São Paulo, por haberlos dejado solos, pensando todo el tiempo en qué habría sido de mí. Así como me siento yo todos los días de mi vida se deben haber sentido mis padres ¿no cree?

 

Yo, que solía poner cara de inteligente y hacer preguntas difíciles en mi época de periodista, no supe qué decir. Sólo atiné a mirar para afuera, donde la lluvia de agosto seguía lavando la vereda, la calle, las plazas, llevándose consigo historias de abandono, de tristezas, de soledades. 

 

- ¿Você que acha, amigo? - Esta vez el interrogado era yo- ¿Será que uno puede olvidarse?

 

-Ojalá, amigo, ojalá - pensé yo mirando la calle.

 

Llovía afuera, y la lluvia no se llevaba nada de lo que hubiéramos querido que se llevara.

 

-A veces - continuó - pienso que ella debe querer verme, conocerme, ponerle un rostro al concepto de padre. Me imagino que me escribe cartas en secreto y las guarda a escondidas de su madre. Imagino que me necesita, que le gustaría que yo hubiera estado más cerca durante su niñez, su adolescencia…

 

-Debe ser un virus que tenemos los padres -bromeé. Yo pienso lo mismo de mis hijos. Pero ellos no nos necesitan, amigo. Ya crecieron. Y piensan que las ramas nuevas no necesitan de las raíces. 

 

-Pois é… Mais a mi me gusta pensar eso. Me hace sentir querido. Aunque ya debe ser una mujer grande, ¿né? Ya debo tener hasta nietos por allá por Europa. ¿Quién sabe?

 

 Un buen rato estuvimos mirando llover, en silencio, cada uno en sus pensamientos, hasta que por fin me animé a preguntar.

 

- ¿Y? ¿Qué dicen los médicos? de su problemita, digo. ¿Qué le dijeron? ¿Qué le van a hacer?

 

-Nada

 

-Cómo nada? Algo habrá que hacer, ¿no?

 

-Mire, amigo. No me van a hacer nada porque yo no quiero. Ya no estoy para que anden jugando conmigo. Si me llegó la hora, me iré tranquilo, ¿viu? No me arrepiento de nada. Hice lo que hice y viví como quise. Y, por suerte, no lastimé a nadie en el camino. Así que me voy a ir como yo quiero. Tranquilo, en casa, cuando me llegue el momento.

 

-Pero hay alternativas ahora. Hay mucha cosa nueva, mucha tecnología, mucha cosa. ¿No?

 

-Mire, estoy viejo y cansado. Ni sé si tengo ganas.

 

Seu Edson miró su vaso, miró la lluvia, y guardó silencio. 

Por fin continuó, luego de vaciado el vaso y pedido el siguiente, que llegó al instante.

- ¿Sabe qué es lo que más duele? - preguntó sin mirarme.

- ¿Del cuerpo? ¿Le duele mucho? - aventuré inocentemente.

-No. Este es sólo el envase - aclaró señalándose el pecho- Le hablo del alma, esa es la que duele. Duele no sentirse querido, sobre todo. Pero, ¿sabe lo qué más duele? Pensar que esta gurisa está creciendo, o creció, ¡bah!, sin padre. ¿Cómo será no conocer a tu padre, no hablar con él, que no te lleve al parque?

- ¿Triste?

-Mucho más que triste. Debe ser como morirse de a poco, mi amigo. Como de a poco se habrán muerto de tristeza mis padres, como de a poco me voy muriendo yo, sin haber visto crecer a mi hija. Duele pa’ caramba estar separado de un hijo, mi amigo. Yo no sabía que dolía tanto. En serio le digo. Para eso, más vale morirse todo junto, de una vez y para siempre.

 

DESAPARICIÓN

 

-Oficial, yo necesito que se tranquilice y me escuche. Por favor. Le repito que no sé lo que pasó. Nosotros veníamos tranquilos, conversando sobre la familia, lo que había pasado en el cumpleaños, la nueva novia de mi hermano, esas cosas. Siempre agarramos por la rambla, no porque sea más corto sino por costumbre nomás, porque me gusta manejar por la rambla. Cuando pasamos el puente del Arroyo Carrasco, el que está sobre la rambla mismo, la vimos. Fue a esa altura, frente a la Escuela Naval.

La oficial de policía volvió a acomodarse su enorme moño debajo de la gorra, y sin levantar la vista de su libreta, conminó:

-Continúe.

-Bueno. Eso, que ahí la vimos. Los dos al mismo tiempo. Una mujer vestida de blanco, descalza, cabello largo. Parecía perdida, como que caminaba sin rumbo. No sé. La cuestión es que mi mujer no tuvo mejor idea que preguntarle si precisaba algo, si estaba bien. Ahí fue que le ofreció subirse a la caja y que la arrimábamos.

- Siga, caballero.

-Nada, eso. Por eso terminamos acá. Yo paré la camioneta ahí donde la ve, al lado del lago. Aproveché la oscuridad para orinar atrás de un árbol mientras ellas conversaban, y cuando volví ya no estaban. Las busqué un rato, la llamé a mi mujer, volví a la camioneta, y nada. Obviamente cuando ya estaba por darme un ataque decidí llamar a la policía y ahí fue donde apareció usted, justito. Cosa que agradezco, aprovecho a decirle. Este parque oscuro, de noche, debe ser bastante inseguro. Me alegra que la policía tenga personal que ronde. Uno se siente más seguro. Pero bueno, oficial, ya le digo que no tengo idea de dónde se metió. Y, con todo respeto, usted tendría que estar ayudándome a buscarla y no interrogándome.

-Por favor, caballero. Guarde silencio y haga lo que le digo. Suba a su camioneta, vaya a su domicilio y espere que yo personalmente me voy a encargar de todo. Tenga la certeza de que conozco el parque como la palma de mi mano. Lo he caminado para arriba y para abajo, de norte a sur y de este a oeste, todas las noches desde que tengo uso de razón. A veces extiendo un poco más mis rondas, incluso, cuando es necesario. Vaya tranquilo.

La oficial guardó su libreta y su birome en el bolsillo superior izquierdo de la camisa, dando por terminada la conversación. Se volvió a acomodar el pelo bajo la gorra, una vez más. Su mirada penetrante, sin brillo, no dejaba adivinar ninguna intención ni pensamiento. Pero era disuasiva, sin dudas.

Estaba desesperado, había buscado a su esposa por horas en ese parque oscuro, y ahora le decían que tenía que irse a esperar.

Pero la mirada de la policía no dejaba espacio para discutir. Hasta miedo le había dado.

Así que el hombre no tuvo más remedio, cansado y resignado como estaba, que obedecer.

Caminó despacio, pensando en que en toda la conversación la mujer de policía sólo había

levantado la vista una vez. Una mirada que le pareció hueca, sin vida, pensó.

Siguió pensando eso mientras encendía el motor, se ajustaba el cinturón, y prendía las luces.

Enfiló por el camino de salida, y miró por costumbre por el espejo retrovisor. Alcanzó a ver cómo la oficial de policía se soltaba finalmente el pelo, que le pareció larguísimo.

Le pareció ver que se sacaba la chaqueta del uniforme también, y que estaba vestida de blanco por abajo. Pero dudó. Estaba muy lejos ya, y las sombras del Parque Rivera se encargaron de ocultarle la verdad.

jueves, 25 de septiembre de 2025

SAUDADE



Ser criança é ser inocente, é ser feliz, e não ter saudade. 

É estar cheio de sonhos, de imaginação, de alegria.

Estar brincando o tempo todo com os coleginhas. De esconde-esconde, de boneca, de pular corda.

 Quando você morava numa casa grande, passava as férias com o seus avós, e seu mundo era um quintal de brinquedos. 

Depois...  a gente se machuca com a realidade de trabalho, problemas, saudades, desejos, mágoas...

Ser adulto então se reduz a ter saudade de ser criança, se acordar cedo, com vontade de brincar. Mas, não pode, não!!..os adultos não brincam, não riem, não choram!

 Mas, as vezes, a gente esquece ter maturado, e brinca, e dança,  e volta a ser uma criança, e a saudade vai embora. 

 E, nesas vezes, a gente acha que a verdadeira sabedoria é voltar a ser criança. ¿Não é?


Julio Perera López

sábado, 30 de agosto de 2025

EL VIAJE DE FELI

 EL VIAJE DE FELI

 Felipe tenía 13 años cuando hizo su primer viaje, lo cual no es mucho ni poco. Era la edad justa para él. Las cosas suelen suceder a la edad justa en que tienen que suceder.

Es cierto que no era la primera vez que salía de su casa, pero era la primera vez que lo hacía tan sólo. El matrimonio de sus padres estaba en crisis, y su padre se había ido algo lejos, sólo, a un rancho en la costa. 

 Por alguna razón que Feli desconocía, tal vez porque le gustaba estar con su padre, pese a las mutuas dificultades de comunicación, o porque era el momento justo de hacerlo, o porque la vida a veces te pasa por arriba, te revuelca como una ola y te deposita en otro lado, apareció allá lejos, en el rancho de su padre, una fría tarde de otoño. Era su primer viaje sólo.

No se puede decir que tenía miedo. Bueno, sí, un poco. Él no era precisamente un niño valiente. Más bien, como todo preadolescente, era tímido y retraído, con algunos miedos, y no muy acostumbrado a que su padre lo dejara sólo y se fuera lejos. 

Pero allá fue, con instrucciones más o menos precisas de dónde bajarse del bus: en el medio de la nada, pasando la carpintería de Mario, donde está el almacén. Ahí lo esperaría su padre.

Subió al ómnibus y se sentó del lado de la ventanilla, en uno de los asientos de adelante, cerca del chofer. Tenía miedo de pasarse, de dormirse, de no saber dónde bajarse, de perderse. 

El trayecto era bastante largo, así que no logró resistir el sueño y se durmió un rato. Cuando despertó, faltaba poco para llegar. O eso le dijo el chofer. No tenía más remedio que confiar, así que se bajó donde le indicaron. Vio alejarse el ómnibus, se sentó al borde de la carretera y esperó. Hacía frio y estaba sólo. 

Al rato apareció su padre. Se había demorado preparando todo para la mañana siguiente, para hacer un paseo que prometía ser una aventura extraordinaria, de esas que Feli soñaba con vivir algún día. Su vida no era demasiado excitante, así que le encantó la idea del paseo sorpresa. 



El día siguiente empezó temprano. Apenas clareaba cuando su padre lo despertó con todo pronto. Desayunó medio dormido, viendo cómo su padre cargaba el kayak, los remos, los chalecos salvavidas, el ancla, la ropa de abrigo bien resguardada en bolsas de nylon dentro de una tarrina, algo de comida, y cuerdas de repuesto.

Se acomodó en el asiento de atrás de la camioneta, y aprovechó para dormir otro ratito mientras llegaban al punto de partida: la naciente de un arroyo, cerca del puente grande. Allí los esperaban otros compañeros de viaje, que él no conocía. Había canoas, otros kayaks, gente, y hasta un perrito pekinés que enseguida empezó a hacerle fiestas. 

Con ayuda de su padre subió al kayak y se sentó en el asiento de adelante, pronto para aprender a remar. Su padre le dio todas las indicaciones, y le dijo que estuviera tranquilo, que siempre, siempre, iba a estar atrás suyo, cuidándolo. Pero, eso sí, él debía remar. Era su responsabilidad avanzar y decidir el rumbo.

 Como era su primer viaje en kayak, empezó con un poco de miedo. No sabía remar muy bien, se sacudía de un lado a otro, se acercaba demasiado a la orilla, se cansaba. Pero cada vez que se daba vuelta y miraba, ahí estaba su padre sentado en el asiento de atrás, no remando, sólo mirándolo y dejando que se equivoque.  Eso lo tranquilizaba.

Las horas fueron pasando, mientras el arroyo atravesaba campos, bañados y pajonales. Muy cerca del momento en que estaba por rendirse, llegó el momento de parar un rato, descansar un poco, comer algo y jugar otro ratito con el perro. Pero aún faltaba lo mejor.

El arroyo desembocaba en una inmensa laguna, junto al mar. La fuerte corriente del océano entraba en la laguna, formando grandes olas que amenazaban con dar vuelta las canoas, inundar los kayaks y mandar al agua a más de uno. 

Había que acercarse a la orilla derecha, del lado del pajonal, remando con fuerza y sin miedo. Así le dijo su padre, mientras remaban ambos con todas sus fuerzas. Se había puesto difícil, la corriente metía miedo, pero darse por vencidos no era una opción. Iban a lograrlo juntos.

Pasó un largo rato hasta que pudieron, bordeando el pajonal, llegar a una pequeña bahía rodeada de sauces llorones. Hubo que dejar de remar y en su lugar usar los remos como palanca, apoyándolos en el fondo barroso. Pero finalmente lo habían hecho. Sólo faltaba cargar el kayak y caminar los cien metros que los separaban del camino vecinal en donde los iban a ir a buscar.

Habían pasado varias horas, y habían remado más de dieciocho kilómetros desde la naciente del arroyo hasta casi llegar a la desembocadura en el océano. Y había sido una jornada intensa.  Feli estaba cansado y feliz. Ya no tenía miedo. Ya había completado su primera travesía. 

Un par de días después volvió, otra vez sólo, a la capital. Su padre lo despidió con una abrazo fuerte, y el pecho lleno de orgullo. Él volvió a su rutina, al liceo, a la vida conocida. Pero ya no sería el mismo después de haber vivido aquella aventura. 

Vendrían otras, por supuesto. Otros peligros, otras olas que lo iban a amenazar, otras corrientes más grandes y peligrosas, otras orillas de las que debería alejarse, y algunas a las que debería acercarse a descansar y estar seguro.

Lo esperaban otras aventuras en las que su padre no iba a poder acompañarlo.

Aunque, de algún modo, él sabía que lo estaría mirando desde el asiento de atrás. 


sábado, 19 de julio de 2025

HORROR

 HORROR

Estuvo un rato largo en silencio, buscando la palabra justa. 

Pero antes, cuando recién venía llegando al rancho, estuvo buscando en sus recuerdos otras cosas: su gente, sus afectos, y hasta a su cuzco, que también extrañaba.

Había pasado mucho tiempo, eso sí. Cuando vinieron a buscarlo recién arrancaba 1903, y ya había relajo con el gobierno nuevo. El General andaba buscando gente y caballada, y cuando se descuidó ya habían venido por él. Apenas le dio pa despedirse de su mujer y darle un beso en la cabeza al gurí que jugaba en el patio. De eso hacía mucho, o eso le pareció a él. 

Mucha agua había corrido desde entonces. Acampadas a orilla de los arroyos, varios encontronazos con las tropas del gobierno, hambre, y cansancio. Tenía varios degollados en su haber, que no le pesaban tanto. Uno se acostumbra a todo en campaña. Muerte, mucha muerte habían visto sus ojos cansados. Hasta la propia muerte del General, allá por Masoller. 

Ahí fue que se dispersó la gauchada. Cada uno pa su pago, y a otra cosa. Habían pasado casi dos años, calculó. Y no era de errarle mucho. Era fino pa calcular. Le erraba poco.

Eso sí, nunca hubiera podido calcular la escena que se iba a encontrar a su regreso. Por más que muchas noches se acordaba de su rancho, su mujer y su cría, ese recuerdo estaba congelado en el tiempo. Los recordaba como eran aquella tardecita de enero, cuando ella entraba la ropa y el gurí jugaba en el patio. Como si aquella escena hubiera sido pintada, y no real. 

Pero la realidad que lo esperaba era otra muy distinta. Del rancho quedaban el horcón del medio, el de la cocina, y la pared del fondo, donde supo estar la cocina a leña. Había, al costado, un montón de terrones y unos palos a medio quemar, donde antes estaba el otro rancho, el de dormir. 

El gallinero medio en pie, pero desvencijado, torcido. La cachimba, con sólo el brocal de piedra a medio derrumbar, le sirvió al hombre para descargar en ella toda la furia, todo el dolor, cuando divisó allá al fondo atrás de la huerta, dos montones de piedra con dos cruces de madera. 

Sucio, cansado y lastimado, volvió hasta donde pastaba el tubiano. Desensilló, le pegó una palmada al compañero de tantas horas, y volvió sobre sus pasos con el lazo en la mano.

Fue hasta donde terminaba el monte de eucaliptus, donde empezaba la pampa infinita. 

-Carajo! ¡Tanta muerte por esto! -pensó.

Su soledad se perdió en la inmensidad, donde un caballo viejo y flaco masticaba el pasto reseco.

Miró el viejo ombú, grave, enorme, solitario. Una pareja de cuervos, que parecía presentir el desenlace, esperaba paciente. El tiempo nunca fue problema en aquella inmensidad.

Miró por última vez el miserable hilo de agua que alguna vez fue escenario de pescas con su gurí. Ahí mojarreaba despacio, pitando, mientras el mocoso tiraba piedritas. Parecía que había sido hace tanto tiempo…

Revoleó el lazo, hizo un nudo corredizo, se trepó a un pedazo de tronco, se ajustó perfectamente el lazo en el pescuezo, y fue justo antes que se apagara aquella luminosidad crepuscular cuando se acordó de la palabra que venía buscando.

-Qué horror al pedo! -murmuró. Y pateó el tronco seco.


viernes, 18 de julio de 2025

MI SUPERHEROE FAVORITO (versión sonora)

 En el siguiente link se puede acceder a una versión reducida del cuento Mi superheroe favorito, con la narración correspondiente:

https://sonoro.orsai.org/cuento/o8khbxf5ujuw4vnqi9mwwxjw


PARA MERWIN



Querido hermano: ya es tarde.

Te fuiste y no nos dimos ese prometido abrazo.

Por lo menos hablamos, nos despedimos, y pude, a mi manera, acompañarte en el proceso.

Me hubiera gustado estar contigo cuando te fuiste.

Tendría que haber estado ahí, de hecho.

Y creo que nunca me voy a perdonar no haberme tomado ese avión para ir a estar contigo.

Puta madre!

Por eso te escribo ahora que ya no puedes leerme, en un inútil intento de agradecerte todo lo que me enseñaste sin palabras, con tu ejemplo.

Mi vida hubiera sido muy diferente si no te hubieras cruzado en mi camino aquella tarde en Floripa.

No sería quien soy, ni estaría acá, com saudades de você.

Hasta siempre, Yo


lunes, 14 de julio de 2025

PARA ISAAC

 Hijo: 

Cuando leas esta carta ya estarás en Uruguay, empezando una nueva vida con tu papá y tu hermanito.

 Ojalá sea pronto, antes de que aprendas un nuevo idioma y te olvides de nuestra lengua. Yo tuve que quedarme acá porque estoy muy enferma y no hubiera resistido el viaje. Probablemente ya no esté aquí y tu papá se haya vuelto a casar, tal como lo indican nuestras tradiciones. 

A propósito, no te olvides de tus raíces. 

Recuerda siempre tu querida Izmir, tu barrio Karataş, el ascensor que subíamos juntos, el teleférico al que los llevaba tu papá, y sobre todo no te olvides de ser fiel a ti mismo, siempre. 

Que eso sea siempre más importante que las tradiciones. 

Te amo, Mamá

martes, 3 de junio de 2025

APAGÓN



Era de noche. Había apagón aparentemente, pero se sentía raro...
No sé por qué no había luz, pero mi esposa tenía razón. Tenía que ir hasta el tablero y levantar la llave.
El problema fue que cada vez que subía una llave, se volvía a bajar sola. Pero no porque hubiera un cortocircuito y saltara la llave, no. Era como que alguien, o algo, las bajaba. 
Esa era la sensación. Inexplicable, pero era eso.

Era una sensación física, más que una imagen dentro del sueño. Como bien física, bien corporal,  fue la sensación de que algo, o alguien me tocaba el brazo izquierdo. Creo que fue ahí que se me puso la piel de gallina. Miré hacia ese lado para ver cómo, desde el fondo del oscuro pasillo avanzaba hacia mi un ser de dos cabezas. Chiquito como un niño, y tal vez por eso más aterrador.

Lo golpeé con lo que tenía más a mano, un taburete de madera, y el engendro de despedazó por un instante; sólo para volver a rearmarse y atacarme.

Ahí grité. Ahí mi esposa me despertó. Estaba erizado. Todavía tengo miedo de volver a cerrar los ojos.

domingo, 1 de junio de 2025

IGNACIO

 



Lo veo llegar con su enorme valija a cuestas. Enorme, pesada, supongo que llena de sueños bien acomodados, algún miedo en las partes que quedan libres, un poco de nostalgia por si la necesita. Demasiado equipaje, y muy pequeñas las ruedas para estas calles de tierra.

Seguramente se le trancará, y se arrepentirá de haber cargado con tanto.

Lo veo cortar su cabello como quien hace una poda radical de su vida, para empezar de nuevo con más fuerza.

Debe haber resultado eficaz el corte, hecho en luna creciente, porque lo veo crecer, agrandarse, madurar, equivocarse a veces, pero siempre buscando la manera de que las cosas queden bien.

Lo miro hablar de sus padres, de su tía, de sus hermanos y hermanas, de la vida en un pueblo chico, de un trabajo que ojalá pueda dejar.

Lo escucho hablar de pueblos de montaña, de playas entre acantilados, de planes de viajes, de desapegos, de nueva vida.

-Qué coño perdiste en Tanzania? - le preguntarán

-Que me he perdido a mi mismo! ¡¡¡Que eso es lo que estoy buscando, coño!!!- pensará él.

Pero se tragará la respuesta, para ser leal a sus creencias y respetuoso con los mayores

Lo veo asombrarse por la ineficiencia de algunos países, por las costumbres, las playas, la comida.

Lo escucho madrugar, salir a correr, ansioso.

Y después lo veo, también, sentado junto a un fuego. Filosofando, abriendo un poco, no mucho, su corazón. Pasando en limpio, poniendo en negro sobre blanco sus propósitos, para entregarlos al fuego.

También debe haber dado resultado ese ritual, hecho en luna llena, porque lo veo llegar con una mochila pequeña donde sólo hay lugar para sueños y proyectos. Que los miedos y añoranzas los mandó a casa porque ya no los iba a usar.

-Y a tomar por culo los que no estén de acuerdo!

Lo veo reírse, hablar de fútbol, beber cerveza, bromear, y parecerse a otro hijo.

Y así lo despido después, como se despide a un hijo.

Con un abrazo apretado, con la convicción de que no voy a volver a verlo; y con la esperanza de estar equivocado.

UN PAQUETE DE M Y M

 

Un bol de pastillitas de colores sobre la mesa amarilla, junto a una pequeña estatuilla de Buda, bajo la ventana que da al patio.

Un hambre atroz de escuchar historias, de oír palabras que hablan de sabiduría, de conocimientos antiguos y secretos.

Pero las conversaciones tienen vida propia, y toman caminos que parecen ser antojadizos e incoherentes.

Porque, ¿Qué tienen que ver un penal errado, una zambullida en Tailandia, un abrazo en el aeropuerto de Ginebra?

Nada en común tendrían, sino fuera por la existencia de un ser de mirada transparente y sonrisa franca, de manos abiertas y corazón sagrado.

Las pastillas de colores aguardan sobre la mersa, a que dos hombres casi viejos hablen de fútbol, de salud, de educación, de luz, de gente que cura con un gorro de capitán y una espada de madera.

Uno de los hombres llora mientras el otro cuenta del amor recibido, de prejuicios abofeteados y de señales certeras.

Y ahora es el otro el que llora, porque escucha historias de tetrapléjicos que curan, que bailan, que surfean, o hacen esquí acuático. Que sonríen y agradecen.

Y llora aún más cuando cree que ya no es posible, que ya no más emociones. Pero hay más.

Luego es momento de rituales, de silencios, de ojos cerrados y oraciones en japonés.

Las pastillitas, si pudieran ver, se sorprenderían sin dudas de ver esos dos hombres que ahora ríen, que ahora lloran, que ahora conversan de hijos, de renuncias, de accidentes, de potencialidades y de luz.

¿Por qué dicen que sus padres están ahí, con ellos?

¿Por qué lloran, abrazados?!Si los hombres no lloran!

¿Qué dicen sobre la energía suprema, y sobre sanar, ayudar, crecer y no sé qué?

¿Por qué mueven las manos como si fueran nubes? ¿Qué es ese brillo en sus miradas?

¿Por qué ríen ahora, en el momento de la prueba final?

¿Qué hacen un suizo y un uruguayo medio turco, en Brasil? ¿Quién los puso ahí? y ¿quién los juntó?

¿El Tai Chi? ¿El Reiki? ¿La casualidad? ¿Sus padres? ¿El destino?

¿O fueron esas pastillitas de colores?

Y ya es hora de los mantras: M &M…. M&M... M&M…. Mmmmm

ELLA Y EL EN LA PIZZERIA

 

 

Entraron y se sentaron en la mesa un instante antes que nosotros. Mientras decidíamos qué comer, empezamos a escucharlos.

Ella cumplía 70, dijo, y él un poco más.

Pidieron una pizza y una cerveza. Ella parecía saber qué marca le gustaba a él.

Él era amigo del hermano de ella. Pero no sabía mucho de su vida, de la vida de ella.

Ella le contaba cosas: de su infancia, de la relación con sus hermanos, con su mamá, de su forma de pensar y sentir, de la vida. Le confesaba miedos, esperanzas frustradas, sueños cumplidos.

Él tomaba cerveza y la escuchaba. Cada tanto decía algo, la miraba, y seguía escuchándola.

Yo me hice toda la historia: había muerto el hermano de ella, amigo de él. Y ellos se habían encontrado después de 45 años.

A ella, él le gustaba desde la secundaria. Pero estaba en otra clase y, además, era amigo de su hermano. Era inalcanzable para ella.

El tiempo pasó y cada cual hizo su vida. Nunca más se habían visto, o muy esporádicamente, hasta hoy, que falleció el amigo de él, hermano de ella y se encontraron en el velatorio.

Ella lo invitó a tomar algo, como para ponerse al día y compartir el dolor de la pérdida.

Ella le contó que había enviudado. Él le contó que después del divorcio, nunca más se había casado. Estaba sólo. Le gustaba leer, caminar. Ella prefería tejer. Y si, también caminar un poco

A los dos les gustaba el cine francés. Y ambos odiaban la tele. Ni siquiera tenían una.

Si tenían unas cuantas cosas en común, pensaron ambos.

Ella pagó la cuenta cuando terminaron la pizza. Él se hizo cargo de la propina.

Se fueron un rato antes que nosotros.

Yo no sé si todo esto es verdad, o sólo una película que me hice mientras esperaba en la pizzería.

Pero juraría que los vi tomarse de la mano mientras caminaban calle abajo, poniéndose al día después de 45 años.

 

EL ARMARIO DE LAS FOTOS

 

EL ARMARIO DE LAS FOTOS

 Yo no pertenecía a esa familia. Bueno, en apariencia. En realidad, sí pertenecía por derecho propio: me había casado con una de las hijas del matrimonio. La mayor, para ser más exactos.

 Pero un observador externo hubiera jurado que no, que yo no pertenecía.

La explicación es muy sencilla, y paso a darla a continuación. Como en toda casa de familia, sobre todo de aquellas que son numerosas, con muchos hijos, nietos, yernos y nueras, existía en la casa un aparador, armario, trinchante, o como quieran llamarle. En el mismo aparecían, sin un riguroso orden cronológico, pero aparecían, fotos de todos los miembros de la familia.

Allí estaban dos de sus hijos con sus parejas, el hijo de una de ellas, y el vientre albergando a otro de los nietos. Todos sonríen a la cámara, felices.

En otra, más a la derecha, aparece la madre de familia rodeada por sus hijos e hijas, a la sombra de un árbol emblemático del parque.

Hacia la otra punta, en un marco dorado, aparece la primera nieta con su esposo en algún lugar lejano de Europa.

Y más acá, o más allá, van apareciendo las dos hijas, los tres hijos, sus parejas, la nieta mayor, los nietos más pequeños, y hasta la mascota de la familia, un viejo labrador negro.

El único que no aparecía era yo. No existía. O por lo menos, no existía en el armario.

Ahora bien, entiendo que se preguntarán por qué. Yo también me lo pregunto. Yo no lo sabía ni lo entendía. Tenía una buena relación con mis suegros, con mis cuñados y cuñadas, me llevaba bien con todo el mundo. Tal vez fuera por mi apariencia física, por mis grandes orejas y mi aire desgarbado. Tal vez el motivo pudiera ser mi falta de título universitario, o algo así. Nunca lo supe, ni me molesté en preguntar.

Pero un buen día, de esos que marcan un punto de inflexión en la vida de las personas, un día signado por el destino, en fin, me propuse formar parte de la galería fotográfica de la familia. Haría lo que fuera necesario para lograrlo. Me lo merecía, y no iba a renunciar a ese derecho.

Entonces fue que empecé con mi viaje del héroe personal, mi propósito en la vida. Escribí un libro con historias familiares, aprendí a cocinar y a deshuesar un cordero, me convertí en un atento escuchador de anécdotas, mejoré mi técnica de lavado de vajilla y modifiqué mi forma de colgar la ropa.

Nada. Ni una foto carnet. Nada

Entonces empecé a prestarle libros a mi suegra, a elogiarle la comida, a ayudarla con la tecnología. Y a mi suegro le averiguaba todo lo que me pedía, le buscaba información, le pasaba enlaces, audios, mensajes, le festejaba todos los chistes… nada… Ni siquiera me respondía. Así que ni pensar en formar parte de la fototeca familiar.

Estaba realmente desesperado. Mi presencia en ese estante era algo en lo que me iba la vida. Si. Estaba obsesionado.

Entonces empecé a tramar la urdimbre que me llevaría finalmente a lograr tan preciado galardón.

El plan era simple, no podía fallar. Si bien no era el plan perfecto, yo había estudiado hasta el más mínimo detalle, sin dejar ninguno librado al azar.   

Los invitaría a cenar a casa, y yo personalmente me encargaría de todo. Ambientación oriental con cortinados, lámparas turcas, incienso, música árabe, y almohadones por doquier. De entrada, berenjena ahumada en paté y pan árabe. De segundo plato, haría con mis propias manos unos exquisitos lehmeyun, que a mis suegros les encantaba.  Todo regado con un vino turco que ya había visto para comprar por internet. De postre, un impresionante baklava y una copita de Raki.

Era un plan endemoniadamente perfecto. Si no los conquistaba con eso, me daría por vencido. De ahí, al salón familiar de la fama. Es decir, al mueble del living. Ya imaginaba mi foto, abrazado a su hija, mi esposa, inmortalizados en madera y vidrio.

El siguiente fin de semana puse inmediatamente manos a la obra: le dije a mi esposa que se fuera a pasar el día con los padres, que yo me encargaba de todo. Compré el vino y el raki en una tienda online y arreglé para que me lo entregaran el mismo día. Puse a leudar la masa para los lehmeyun, preparé las berenjenas, organicé todo, mientras seleccionaba mi mejor playlist de música turca. Aroma a incienso perfumaba el ambiente, mezclándose con la sutileza de la berenjena ahumada.

Quedó im pre sio nan te!!  Humildemente, parecía una escena del Gran Bazar. Era como entrar a la milenaria Constantinopla. Hasta una alfombra turca conseguí con mi prima. Me consagré. Lo iba a lograr. Estaba exultante, radiante, feliz.

Vestí mis mejores ropas, de lino blanco y me calcé unas sandalias rojas que había traído de mi último viaje, de esas que tienen la punta doblada hacia arriba, como las de Aladino. De hecho, yo parecía Aladino. Y partí raudo, veloz a la casa de mis suegros, a buscarlos para traerlos a cenar.

Lo que vi cuando entré a la casa no puedo explicarlo con palabras. Mi esposa me miraba con ojos enormes, mezcla de espanto, sorpresa e incredulidad, mientras intentaba esconder una caja de cartón de la que sobresalían algunos portarretratos.

 Mi suegra despachaba a dos muchachos venezolanos que se iban, felices, en un camión de mudanzas con un bulto enorme en la caja.

En el living, mi suegro. Con una sonrisa de oreja a oreja me miraba y señalaba la televisión de 50 pulgadas que brillaba, flamante y majestuosa, en el lugar que antes ocupaba el armario de las fotos.

miércoles, 28 de mayo de 2025

EL FLACO JUAN





EL FLACO JUAN



Juan no era solamente Juan, no. Era conocido en el pueblo como el Flaco Juan.

Querido por todos, se le veía pasar de aquí para allá en su bicicleta inglesa, con frenos de varilla y asiento de cuero. Una belleza de bicicleta.

Juan recorría el pueblo el día entero. Iba de la panadería al lavadero, de la fábrica de pastas al correo, de la verdulería a la farmacia, de la florería al almacén. A veces se daba una vuelta por el camping, al lado del arroyo. Se quedaba un rato mirando el agua y volvía a pedalear. Era lo suyo. Siempre con una sonrisa en la cara, siempre contento, pedaleando abrigado en invierno y transpirando en verano.

Tan feliz se le veía que un buen día Doña Carmen, la esposa de Don Antonio, el almacenero, le hizo una tentadora propuesta:

-Don Flaco-le dijo-Sabe que tenía una idea para contarle, a ver qué le parece. Ya que a usted le gusta tanto andar pa arriba y pa abajo en la bicicleta ¿por qué no aprovecha y se hace algún peso haciendo mandados?

-Ah! ¡Es buena esa! -reflexionó el Flaco Juan

Y así mismo fue. El Flaco empezó a ser el mandadero del pueblo. Le llevaba la ropa a lavar a Doña Tomasa, y después de lavada y planchada la entregaba a domicilio. Iba hasta el arroyo a levantar el pescado recién traído y se lo llevaba a Don Antonio, el del carrito. Y así se fue haciendo varios clientes, y las propinas se fueron acumulando en una lata de galletas. El Flaco Juan no tenía vicios, así que no era de gastar mucho tampoco.

Eso sí, lo que al Flaco Juan lo tenía loco era la Hondita 50 del maestro. La relojeaba todos los días, cada vez que pasaba por la puerta de la escuela. ¡Divina estaba! Inmaculada la tenía el maestro. El Flaco Juan penaba, porque al maestro le faltaba poco para jubilarse y decían que se iba a ir del pueblo. Iba a extrañar esa nave el Flaco.

Hasta que un día que el Flaco estaba mirándola, casi animándose a acariciarla, admirando el tapizado, las ruedas relucientes, sale el maestro a fumar un cigarro a la puerta.

-Cómo le va Don Juan? ¿Le gusta la máquina?

-Está divina, maestro. Se ve que usted la cuida, mismo.

-Se la vendo- dejó caer de golpe el maestro

El Flaco Juan casi se cae de espaldas. ¡¡La Hondita del maestro!! ¡¡Para él!! ¡Claro que la quería!

Allá salió metiendo pata en la bicicleta, rumbo al rancho. Bajó la lata de galletas de arriba del ropero, contó las monedas una a una, haciendo montoncitos, y le sumó los pocos billetes que también alguien mano abierta le había dado. Llegó a doscientos cincuenta y tres nuevos pesos.

Esa semana metió mandados a lo loco, para llegar por lo menos a los trescientos. No llegó, pero igual se animó a ofrecerle al maestro el contenido completo de la lata, con lata y todo.

El hombre aceptó, hicieron negocio, y Juan, el Flaco Juan salió a darse dique por el pueblo, contentazo.

La bicicleta, que no se había animado a vender porque era un recuerdo de su padre, quedó olvidada en el galpón. Más nunca la agarró.

Al poco tiempo cerró el negocio de mandadero, y se dedicó a llevar gente desde la terminal hasta donde fuera necesario. Se instaló en la otra vereda, frente a la terminal, con un cartel blanco con letras rojas: EL GORDO JUAN- TRASLADOS


sábado, 26 de abril de 2025

FACUNDO

 Facundo siempre odió el secundario. Los curas aburridos, los compañeros alcahuetes, las misas interminables, la catequesis, la vieja de matemáticas, la falta de luz de los salones, que parecían catacumbas, y sobre todo, las clases de latín.  No las soportaba.

 Por supuesto, no había podido elegir. De familia católica por ambos lados, aunque sus padres habían vivido en concubinato diez años antes de casarse, la presión social, sobre todo de los abuelos maternos,  y la tradición, hicieron que fuera toda la primaria y toda la secundaria al Colegio de los Padres Sanjuaninos. 

 Por eso decidió que ahora que terminaba el secundario y se recibía de bachiller, y por ende no iba a pisar nunca más ese colegio, se prometió dos cosas: no leer una puta palabra más en latín, y saltar en paracaídas, para celebrar. Era una de sus sueños. El otro era bucear con tiburones.

 Así fue que al día siguiente de la ceremonia se fue al aeródromo local, en las afueras de San Juan. 

Se calzó el paracaídas siguiendo las indicaciones del instructor, y subió a la avioneta. Era una Cessna C110, blanca, preciosa, con unas letras rojas que no tuvo tiempo de leer. Estaba ansioso y nervioso

Cuando estaban a 300 pies, se asomó a la puerta, sonrió y saltó.

-Para vos, Padre Miguel!!! - gritó 

 Alcanzó a ver, ahora si,  pintadas en el costado, las letras rojas: Memento Mori. Y una calavera.



domingo, 6 de abril de 2025

MI SUPERHEROE FAVORITO

 Cuando yo era chico, mi padre me había llevado a ver la película del Hombre Araña al Cine Casablanca, y recuerdo venir todo el camino de regreso a casa tirando telas de araña y preguntándole a papá cómo era eso de que una araña radioactiva podía cambiar tu ADN.

Pero esta historia empieza antes, mucho antes.

La casa en la que nací, en un pueblo del interior del Uruguay, era muy grande. Tenía un patio con aljibe,  y varios dormitorios, uno de los cuales funcionaba como consultorio de mi padre, que era ginecólogo.

 Mi familia pasó, dicen, la mejor parte de su rica historia en ese pueblo. Pero yo no me acuerdo de nada. Todo lo que cuento viene de escuchar a mis padres, y a mis hermanos. Parece que éramos bastante felices por esos tiempos.

Pero como todo cambia, y la vida es movimiento, nos fuimos a la capital. Mis hermanos y hermanas mayores tenían que estudiar, y a mi padre le habían ofrecido un importante cargo en la salud. Que nunca apareció, por cierto.

Llegamos en diciembre directo a la casa de mi abuelo paterno, en el barrio de Punta Carretas. En ese entonces era un barrio tranquilo, como tantos. Jugábamos a la pelota en la calle, gritando cada vez que pasaba un auto para tener cuidado. Los vecinos sacaban sus sillas plegables a la vereda, en las noches de calor, y siempre se arrimaba alguno a ponerse al tanto de las últimas novedades del barrio.

A mí me gustaba ver a mi padre sacar su silla a la vereda. Salía a tomar mate, o sacaba una mesita plegable con una picada de queso, fiambre, aceitunas, y castañas de cajú, que le encantaban.

Yo aprovechaba para sacar la bicicleta, o la pelota, y quedarme ahí en la vuelta, cerca de él. 

La casa de Punta Carretas era enorme también. Tenía tres dormitorios en hilera, un living comedor, un baño, una cocina, un patio con una parra, y al fondo otro dormitorio donde dormían mis hermanos mayores. El primer dormitorio, que daba a la calle, era el de mi abuelo Ruben.

El patio del fondo tenía una pared lindera, un muro angostito, del ancho de un ladrillo, por el que me gustaba caminar haciendo equilibrio y pasar para la azotea de los cuartos de adelante. Era peligroso. Por eso me gustaba. Saltaba de un muro a otro, con cuidado de no pisar las chapas. Me movía sigiloso y ágil, como el Hombre Araña. 

Y a la derecha de los dormitorios, pegado a la casa de Blanca, la vecina, había un pasillo. Era muy angosto, muy largo, y sobre todas las cosas, muy pero muy alto. Y allá arriba había un tragaluz, con unos vidrios que lo iluminaban.

Yo era chico, flaco y largo. Liviano. Tenía todas las condiciones. Entonces apoyaba los pies contra una pared, la espalda contra la pared de enfrente, e iba avanzando de a poquito. Un pasito, acomodaba la espalda. Otro pasito, y subía la espalda un poco más. Y así, de a poquito, cuando quería acordar estaba allá arriba, con la espalda apoyada en una pared, los pies en la otra, la cabeza tocando el vidrio de la claraboya, y mirando el mundo desde seis  metros de altura. Y ahí me quedaba. Ratos largos me quedaba. 

Por allá abajo pasaba la vida de los otros. Mis hermanas yendo y  viniendo del liceo, mis hermanos mayores rumbo a su fortaleza del cuarto del fondo, mi madre rezongando o atareada con las cosas de la casa, mi abuelo con su andar cansado, las conversaciones de la calle, doña Esther lavando los pisos, todo pasaba por allá abajo. Esperaba, sobre todo, ver a mi padre llegando de trabajar cansado de traer niños a este mundo. Llegaba cansado, arrastrando los pies, callado como una sombra, pensando en quién sabe qué. Y yo allá arriba, en silencio. Sólo mirando, de lejos, sin involucrarme. Horas pasaba, o eso me parecía a mí.

Cuando me empezaban a temblar las piernas, o se me empezaban a dormir por el esfuerzo, bajaba despacio. Todo estaba bajo control. Nadie más podía subir a mi escondite secreto. 

Mi vieja, rezongando, me decía que me bajara.

-Que no te vaya a ver tu padre!! decía.

Yo no le hacía caso, y trepaba igual.

Hasta que un día mi viejo llegó de trabajar, miró para arriba y me vio...

Todo pasó rapidísimo. Él me hizo así con los dedos y me tiró un rayo laser. Yo lo esquivé, le hice así con las dos manos y le tiré una telaraña. Pero le erré, y él se alejó sonriendo. Me di cuenta que iba a tener que seguir practicando

Y juro, hasta hoy, que si hubiera practicado un poco más, hubiera logrado ser como él.

Como el Hombre Araña no, como mi viejo. 

Él sí que tenía superpoderes.

domingo, 23 de marzo de 2025

LEGADO



Se trata de dejar algo. De eso se trata. 
Sé que el Universo no sería el mismo si yo no existiera. Sé, también, que no soy más importante que la casi infinita cantidad de partes que lo componen, pero no sería el mismo. Sin duda. Capaz que sería mejor, o peor, pero no el mismo.
Faltaría una infinitésima parte. Por eso soy importante, porque soy parte de algo más grande. No puedo faltar. El universo me necesita para estar completo.
Mis hijos me necesitan, aunque sea para tener una referencia. Para bien, y para mal.
Mis plantas me necesitan, para que las riegue y las pode.
Me necesita mi gata, para que la alimente, le dé agua, y muy de vez en cuando le haga una caricia. 
Mi esposa, para amarme, también.
Por eso sigo en la vuelta. Para dejar algo cuando me vaya. Mis lentes, la ilusión de haber sido un buen padre, o por lo menos un buen tipo, un par de libros, y unas cuantas plantas.
Me gustaría, cuando me vaya, que me recuerden así. Como un buen tipo, triste pero bueno. Y no sólo como un tipo con bastón.

martes, 4 de marzo de 2025

MANU

 

MANU

                                                                               J. EDUARDO PERERA

Te llamo, pero no me escuchas

No quieres hacerlo; tienes miedo

La verdad duele, a veces

Pero es que no es una; si no muchas.

Precisamos certezas, a veces

Otras, precisamos héroes,

Que nos salven, nos protejan

Es que duele, y da miedo.

Y grito, y no me oyes,

Y llamo, y no vienes,

Y yo estoy atrapado en una telaraña de pesadillas.

Y no logro despertar, ni despertarte.

Y es que no estoy dormido

Ambos lo estamos, y duele.

¿Y si me despierto, y estiro la mano?

¿Y te tomo del brazo y te siento a mi lado?

Y hablamos…

Y el pasado vuelve, y lo miramos.

Le damos luz, para verlo juntos.

Y ya no duele, o por lo menos no duele tanto, que ya es algo.

Si. Eso haré. Me voy a despertar y tomarte del brazo, y caminaremos juntos.

Como antes, como siempre

sábado, 22 de febrero de 2025

LAS CALLES DE MI BARRIO

LAS CALLES DE MI BARRIO

                                                                          JULIO PERERA LÓPEZ

 

Las calles de mi barrio son como aquellas calles de mi infancia: de tierra, polvorientas, bordeadas de eucaliptus y con las cunetas llenas de ranas, que se lamentan en las noches de verano. Los autos levantan una polvareda espesa y las viejas tosen y protestan, como en mi infancia. 

Son como esas calles de balneario en verano, cuando las chicharras aturden con su canto a la hora de la siesta; aquella hora en que los grandes duermen y los niños tienen prohibido hacer ruido. Por eso a veces nos escapábamos y nos íbamos al monte, a cazar loras, o a fabricar una casita en el árbol. ¨Pero eran cosas prohibidas, porque la hora de la siesta es la hora de leer novelas de cowboys, o cuentos infantiles de Hans Christian Andersen. Que ya habrá hora de vivir vidas de adultos, con sus siestas y sus cosas de grandes.

Las calles de mi barrio son silenciosas, con algún perro suelto que ladra aburrido, por costumbre. Alcanza con estirar la mano y se acercan moviendo la cola, mendigando un mimo, una caricia, un hueso. No son peligrosos, pero ellos no lo saben.

Pasan niños con pelotas, rumbo a la playa, seguidos por abuelos con sillas y sombrillas, y abuelas con canastas con algo para la merienda. Porque los niños se aburren, y algo hay que darles de comer.

A veces pasa alguna pareja, con algún cochecito. Y a veces, también, algún ruidoso camión levantando polvareda. Y ahora soy yo el que se queja, porque la tierra se mete en los ojos, en los vidrios, en el alma. Y me hace lagrimear, y no sé si lloro por la tierra, o por el alma.

Porque, qué lindas eran las calles de mi infancia, que se parecen a éstas, pero no lo son. Estas son las calles de mi yo de ahora, que ya no es niño, ni lee novelas, ni trepa a los árboles a la hora de la siesta.

En verano los locales no vamos a la playa, invadida por niños escandalosos, adolescentes en grupos ruidosos, parejas de veteranos caminando por la orilla del agua.

Los de acá vamos después a la playa, cuando acaban las vacaciones y la invasión de turistas da paso al plácido otoño con su tímido sol. Ahí sí, los que nos sentimos dueños de la sensación de vivir cerca del agua, podemos dar rienda suelta a nuestra manía de mirarla callados, pensando en cosas importantes, de grandes.

Y todos los años vuelve el invierno a mi barrio, sin faltar ni siquiera una vez. Se instala como de bandido, sin avisar, de a poquito, como para que no nos demos cuenta.

Los árboles van perdiendo sus hojas, los veraneantes empiezan a ser visitantes de fin de semana, ya no se ven sillas de playa en las puertas, en los jardines... y de a poquito, como quien no quiere la cosa, se empiezan a ver los humos de las chimeneas subiendo serpenteantes al cielo. Y uno empieza a imaginar las estufas con los sillones al lado, los hongos asándose despacio, la calderita tropera con el agua para el mate, las tortafritas de la abuela.

Las conversaciones a veces, los silencios en otras, las soledades, las lecturas, la época de mirar para adentro. 

Sólo de vez en cuando pasa algún vecino en bicicleta, tapado hasta la cabeza, volviendo de los obligados mandados al almacén más cercano. Ya ni los perros ladran, sino que duermen frente a la estufa, soñando con jugosos churrascos.

Y algunos miramos por la ventana, viendo caer el agua por los bordes del techo de chapa, y por el borde de los ojos, escuchando la lluvia, imaginando que lindo sería que siempre, siempre fuera verano. Y que siempre, siempre, uno pudiera seguir caminando, juntando piedritas, por las calles de su infancia. 

 


lunes, 10 de febrero de 2025

MI CAJITA MUSICAL

 MI CAJITA MUSICAL

En mi cajita de música entran

Dolores

Rechazos

Miserias

Fatalidades

Soledades

Lágrimas

Silencios

En mi cajita de música entran

Dolorosos

Recuerdos

Misteriosos

Fantasmas

Solitarios

Ladrones

Sigilosos